Mérida, Abril Jueves 16, 2026, 10:12 pm
« ¿Pero qué es La Reverte, a ver? ¿Hombre o mujer?»,
se preguntaba ABC el 15 de octubre de 1911. La polémica sacudió durante
meses al mundo de la tauromaquia de aquella España presidida por José
Canalejas. Y no fue fácil averiguar el misterio o la trampa que rodeó a
aquella figura que consiguió acumular más de una década de triunfos en
algunas de las plazas más importantes del país. Como recogía este diario
cuando el escándalo ya llevaba tiempo en boca de todos: «El gobernador
de Bilbao ha reclamado los documentos que justifican el cambio de sexo
[...]. El acertijo es, a esta hora, la jaqueca de los taurófilos. Toda
la afición está pendiente de los papeles del torero o torera, de su
autenticidad y de las complicaciones que puedan acarrear. El empresario
de la plaza de Vista Alegre, en Madrid, porfía en que se trata de una
mujer. El empresario de plaza de Indautxu, en Bilbao, no cede en su
denuncia de que se trata de un varón». La historia de María Salomé Rodríguez Tripiana, alias «La Reverte», comenzó en 1888, año en que debutó de la mano de Machaquito y
Lagartijo chico. Tras abandonar su trabajo en las minas de La Carolina y
Arquillos, en Jaén, se marchó con estas dos grandes figuras a hacerse
un nombre en las plazas de Zaragoza, Madrid, Granada, Valencia, Murcia,
Sevilla, Lisboa y otras ciudades portuguesas. Y no se puede decir que no
lo consiguiera, porque logró suplir la falta de técnica y estilo con
increíbles muestras de valentía. Eso la llevó a conseguir notables
éxitos de taquilla y a hacerse un hueco en los principales periódicos de
la época, que seguían su carrera con gran curiosidad… y sin la más
mínima sospecha sobre su sexo. «La Reverte estuvo muy valiente, pero yo
no estoy por el feminismo en el toreo», comentaba el crítico taurino de «
El Enano»
en enero de 1899. «Es muy valiente y muy morena. Capea, banderillea,
mata y salta la barrera como un hombre. Tiene mucha decisión, pero nada
más», añadía « La Correspondencia de España» en noviembre de 1900. En
las crónicas de sus corridas, y por parte de los mismos aficionados, La
Reverte recibía aplausos e insultos por igual. Era la diana tanto de
los elogios más generosos como de los reproches más machistas. Otra vez
en « El Enano»,
esta vez con motivo de otra faena en 1900, se indicaba: «El becerro
destinado a la matadora doña María Salomé era un bicho colmenareño.
Según nos dicen, más chico que los lidiados por el sexo fuerte y de
color castaño [...]. En su quinto estuvo muy valiente y mejor que los
hombres». Por su parte, la revista «
El Toreo»
apuntaba en 1899: «María Salomé demostró mucha valentía en la muerte de
sus toros. Como dice un colega de la corte, nos ha demostrado que es
una mujer con toda la barba». Y en Barakaldo, en noviembre de 1905, el
semanario « La Fiesta Nacional»
aseguraba: «La Reverte ha estado superior con el capote, haciendo mil
filigranas y oyendo grandes ovaciones. Con el estoque también tuvo
fortuna, despachando sus tres toros con cuatro buenas estocadas y siendo
aplaudida. Una gran tarde para la torera». Así
continúo Salomé hasta que, en el verano de 1908, su suerte cambió
cuando los gobernadores civiles recibieron la orden del entonces
ministro de Gobernación, Juan de la Cierva, que prohibió torear a las
mujeres: El telegrama advertía: «La opinión pública ha protestado en
varias ocasiones contra la práctica que va introduciéndose en las plazas
de toros de que algunas mujeres tomen parte en la lidia de reses bravas
[…]. Esto constituye un espectáculo impropio, opuesto a la cultura y a
todo sentimiento delicado. Por eso dispongo que, en lo sucesivo, no se
autorice función alguna de toros en que estos hayan de ser lidiados por
mujeres». ABC informaba así
de la nueva medida: «Los aficionados a las emociones taurinas
experimentaron un grave contratiempo. Iban a ver torear en Tetuán a La
Reverte, la joven torera que, como tenga la misma afición a coser que a
estoquear novillos, será una excelente mujer de su casa. Pero va la
autoridad y... ¿qué hace? Pues prohíbe la corrida». La
censura indignó de tal manera a la famosa matadora que se lanzó a
pelear en los tribunales su derecho a seguir ejerciendo su profesión.
«Que el señor De La Cierva me dé una credencial de hombre y yo seguiré
toreando como puedan hacerlo los hombres, pues soy tan capaz como el que
más», insistió Salomé.
Pero pasó el tiempo y la batalla legal no se decantó en favor de La
Reverte. La polémica, finalmente, acabó desembocando en un escándalo
mucho mayor del que se podía esperar de aquella medida machista en una
época machista. Al intuir que no ganaría el juicio y que no podría
seguir toreando, nuestra protagonista confesó que no era una mujer y que
no había sido bautizada como María Salomé, sino que era un hombre. Algunos
años más se estuvo hablando del tema sin que quedara confirmado,
médicamente hablando, si la susodicha era hombre. En septiembre de 1911,
este periódico aún ponía en duda tales informaciones en un artículo
titulado « Cambio de sexo»:
«Hemos leído que María Salomé no es la tal María y que la antigua
matadora de novillos es hoy Agustín Salomé Rodríguez. Que viste
airosamente traje masculino, que cubre su cabeza con elegante jipi y que
ha estado en Madrid, donde, previo examen, ha quedado resuelta la duda
de muchos años [...]. Lo que podemos afirmar nosotros es que la vimos
torear una vez en la plaza de Madrid y advertimos en ella un valor
grande al estoquear dos novillos con respetable cornamenta, una agilidad
impropia de una mujer para correr y saltar vallas, así como una
resistencia física que no es común en los individuos de sexo débil». El
sexo de esta figura de principios del siglo XX fue objeto de toda clase
de interpretaciones con el paso de los años. Él nunca quiso aclararlo
de todo y, de hecho, siguió toreando desde entonces como hombre,
anunciándose en los carteles como Agustín Rodríguez. Algunos aficionados
creyeron que había ideado la estratagema después de que le prohibieran
torear como una mujer, con el objetivo de seguir ganándose la vida. Y
ponían en duda, sin que faltaran las mofas, que fuera realmente un
varón. El Registro Civil de su pueblo natal, Senés (Almeria), podría
haber terminado con la polémica, pero resulta que se quemó durante la
Guerra Civil, al igual que el Registro Parroquial donde fue bautizado.
No quedaban rastros. Años después corrió el rumor de que un
médico había atendido a La Reverte tras un percance sufrido en
Salamanca, el cual determinó que sus atributos eran masculinos. El
suceso trascendió al público y mucha gente hizo cábalas sobre un
supuesto caso de hermafroditismo. Hasta que, a mediados de los años 30,
puso fin a su carrera en los cosos y se fue a vivir de sus ahorros en su
casa de las Navas de Tolosa. Y cuando se le acabaron, tuvo que ganarse
la vida como guarda en una mina de Jaén hasta su muerte. El caso
siguió siendo recordado cada ciertos años, incluso décadas, después de
que nuestro protagonista falleciera en alguna fecha indeterminada de
mediados de la década de los 40. En 1945, la contraportada de «
El Ruedo»
se hacía eco de su historia. En ella, el escritor y cronista taurino
Benjamín Bentura, «Barico», dejaba patente su indignación por aquel
episodio: «He aquí un caso de desvergüenza que no tiene par en la
historia del toreo. Esta María Salomé ni era María, ni Salomé, ni debió
apodarse La Reverte. Parece que la historia, poco edificante, de esta
señorita torera, que no era señorita ni sabía torear, debió servir de
tema para un juguete cómico de finales del siglo pasado. Pero las
superchería de Agustín Rodríguez no tenía gracia. Y si se le recuerda,
es por los embustes y fraudes que hizo en su dilatada vida profesional».
En 1962, ABC publicaba otro artículo para rescatar «el más
extraordinario y singular personaje que ha pisado los ruedos españoles».
«Su vida, caricaturesca y absurda, tuvo cierto aire de leyenda y ha
pasado a la historia del toreo como algo extraordinario e inaudito»,
escribía Francisco Rodríguez Batllori. «Sus afanes por torear más y
mejor fueron inútiles, puesto que las deficiencias que el público había
tolerado a María Salomé no eran, en cambio, perdonadas a Agustín
Rodríguez [...]. No es posible, sin embargo, desdeñar el mérito de aquel
juego difícil y peligroso, mantenido durante años, sin que las empresas
taurinas, los ganaderos, la crítica y los aficionados se percatasen del
fraudulento truco», añadía. abc
La prohibición

Agustín Rodríguez