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Antonio Ferrera

EN CORTO Y POR DERECHO

San Isidro y el toro



EN CORTO Y POR DERECHO

San Isidro y el toro

JOSÉ CARLOS ARÉVALO

www.burladero.com

Foto: Plaza 1

 

La verdad, hay días en que me cuesta hablar de Madrid, Y hoy, de la pasada Feria de San Isidro. Porque ha sido una feria interesante y no me gusta ir de aguafiestas. Pero como lo prometido es deuda y yo tengo el vició de escribir lo que pienso… Eso sí, prometo no ser tan triste como los del Tendido 7, que el domingo pasado hicieron su balance sobre la Feria en la sala Antonio Bienvenida de la Plaza de Las Ventas. ¡Cómo sufren por culpa de ganaderos, toreros y taurinos varios! Lo que me lleva a concluir que se debe ser crítico pero no quejica, censurar lo que se hace mal y reconocer que la feria, lo reitero, ha sido muy interesante.

 

Se ha cortado un buen número de orejas, ha habido algunas grandes faenas y algunos buenos toros. Y sin embargo, hay que jerarquizar los hechos. Las dos mejores faenas de la feria las han hecho Alejandro Talavante y Sebastián Castella. El mejor toreo de la feria (de capa y muleta) lo ha hecho Diego Urdiales, y también la mejor estocada. Aunque a las empresas y taurinos que constituyen lo que llamamos “el sistema”, les importe un rábano y no pongan al de Arnedo ni en La Rioja. Y es que los empresarios hoy programan la Fiesta con una libertad absoluta y no hay periodista que diga esta boca es mía. Pero lo curioso es que no trabajan (los empresarios) por una Fiesta más rentable sino más suya. Antaño no lo tenían tan fácil. Porque la prensa no tragaba y de alguna manera, a través de ella, los aficionados fiscalizaban la programación de las ferias. Ya veremos qué opciones tendrán esta temporada los jóvenes espadas como Israel Marín, Samuel Navalón y Víctor Hernández. Me temo lo peor.

 

Como también sospecho lo bien que lo van a tener los de siempre, que están más vistos que el TBO y todos sabemos quiénes son. Pero al sistema le gusta lo previsible. Lo imprevisto molesta. Por ejemplo, no estaba previsto que Burdeos tuviera una figura del toreo. Y menos aún, que lo llevara un apoderado independiente. Ese osado se llama Clemente. Y es un torero bueno, pero bueno de verdad. El año pasado fue el triunfador absoluto de la temporada en Francia. Al menos en Madrid tuvieron el detalle de confirmarle la alternativa… con una corrida que pegaba brincos, dentelladas, cornadas. Clemente respondió, no como el artista que lleva dentro, sino con la casta del torero aguerrido. Este año, la empresa mejoró el detalle: ponerle con una de Juan Pedro Domecq. Pero resultó que de Juan Pedro solo tenían el nombre.

 

Sinceramente pienso que todos, toreros, público y empresa se sorprendieron tanto como yo. El caso es que sus toros fueron más malos que una de Escolar, pero Clemente se jugó la vida muy en torero, muy de verdad y terminó en la enfermería con el húmero fracturado. Tampoco tuvieron opción diestros en quienes la afición ha depositado todas sus esperanzas, como Daniel Luque, Juan Ortega, Jiménez Fortes, Pablo Aguado, Álvaro Lorenzo, o Uceda Leal, a quien se admira como maestro incuestionable. Pero nunca les cae en suerte el premio de un galafate que embista como un toro bravo en esa ruleta antitaurina reseñada por Florito, croupier estrella del casino de toros y bar de copas instalados en Las Ventas.

 

Naturalmente, el panorama resulta tan cabreante como respetable,  Pero no culpemos al mayoral de la plaza por haber sido el último y más eficiente gestor de una deriva que abandonó el toro entipado por el toro grande y engordado, que comenzó cuando Juanito Martínez descubrió que una corrida torista y tres toreros baratos era más rentable que tres figuras y una ganadería que embiste. Pero alto parado, no caigamos en la demagogia antitorista. Entonces, una corrida de Victorino para Madrid tenía el mismo trapío que una corrida actual de Victorino para Bélmez. (Que nadie se escandalice, lo comprobé con el propio ganadero en su casa cotejando la corrida en que Ortega Cano indultó a “Velador” en Madrid, con otra más reciente y de similar trapío, que iba destinada a un pueblo manchego).

 

Seamos ecuánimes. Al actual toro de Madrid se ha llegado paulatinamente. Quizá el núcleo impulsor haya sido la minoría torista madrileña, no sin gran parte de razón, pues el toro más bravo, ergo más fijo, más noble, logrado por el éxito genético del ganadero a finales del siglo pasado, necesitaba compensar la pérdida de emoción provocada por su brava obediencia a los engaños con una presencia intimidante. Y el toro, que ya tenía certificada su edad cuatreña, creció paso a paso. Pero no con facilidad, sino creando peligrosos contratiempos. Los jefes de las cuadras de caballos, aterrorizados, temieron no ser capaces de cumplir temporadas completas (ya la cabaña equina no proporcionaba suficientes caballos) y adoptaron dos medidas. Una negativa, la adopción del voluminoso y fuerte caballo de tiro, cobardón, antitorero y posiblemente dopado, y otra positiva y posterior, la creación, por primera vez en la historia del toreo, del caballo profesional de picar, especialmente domado para la suerte de varas.

 

Hasta aquí lo positivo. Lo negativo se impuso aceleradamente: el peso excesivo del nuevo caballo cruzado, en realidad entre 700 y 800 kilos a los que se suma la carga del jinete y los arreos protectores, en definitiva un muro inexpugnable. A todo esto, el reglamento seguía en la inopia, con asombro e impaciencia de los buenos aficionados (pocos) y con sorprendente pasividad por parte de los profesionales (casi todos), pues lo que pasaba era lo siguiente: la suma del peso del toro por la velocidad de su embestida al caballo centuplicaba la violencia del encuentro del toro con un equino inamovible. El tremendo golpe -dejemos aparte la lesiones óseas y oculares provocadas por su choque frontal con el estribo derecho del picador- sumado a la superior bravura que el ganadero había conseguido ya en el toro a finales de siglo, se tradujo en puyazos interminables, en los que el bravo encelado persistiría hasta la muerte en su desigual pelea si no fuera por la insistencia de los capotes al quite. Por cierto, un quite novedoso, pues por primera y única vez durante toda la lidia, se hace al toro para salvarlo de la agresión impune del jinete y su montura, y no al revés, como siempre había sucedido.

 

Pero este necesario y atípico quite desprestigia al animal, que ya no siembra de respeto el ruedo nada más salir del chiquero. Nadie piensa que ese toro, enfrentado a un caballo flaco, viejo y sin peto, gozaría de igual respeto que su antepasado, ni a nadie se le ocurre pensar que seis erales acabarían en una tarde con la cuadra de Las Ventas si salieran al ruedo sin peto. No, los toristas primarios no aceptan estas observaciones amariconadas, y le echan, como siempre, la culpa al degenerado toro actual, y reclaman a gritos “¡Toros! ¡Toros!”. Pero esta vez tienen parte de razón. Estábamos en los años 90, España entera había padecido un lustro de feroz sequía, los ganaderos desconocían -o no existían- las nuevas formulaciones de nutrición para el bovino y los toros -gordos, gordísimos- se derrumbaban por un mírame y no me toques.

 

Afortunadamente, la entonces UCTL estaba gobernada por Juan Pedro Domecq Solís, quizá el mejor presidente que ha tenido este organismo ganadero y quien tomó medidas decisivas, como la introducción del programa informático para controlar el mapa genético de cada ganadería, la creación de un equipo de nutricionistas expertos en el vacuno que contuvo diez años después las crónicas caídas, y la invención del tauródromo, que devolvió cierto vigor al toro regordió, de aparente trapío. Se impuso entonces el monopuyazo, y en las plazas de primera un segundo más simbólico que real. En realidad dicho monopuyazo equivalía a tres de los que estuvieron en vigencia hasta los años 70.

 

Y es que el ministro Corcuera, alarmado por el escandaloso primer tercio, había redactado un reglamento tan bienintencionado en esta cuestión como ingenuo. Por ejemplo, se redujo el tamaño de la puya, pero como el toro ahora embiste de verdad al caballo, su carne cede a la penetración del hierro, y los puyazos, inferidos por un picador impunemente asentado en un caballo indestructible, duplicaban y hasta triplicaban la dimensión de la puya. Eran y son más dañinas las pequeñas puyas actuales que las idénticas, pero de mayor tamaño, usadas con el caballo más ligero de los años 60. Entonces, el picador tenía más trabajo defendiéndose que picando; la puya avivaba más al toro que lo castigaba; y éste, que era la mitad de toro que ahora, conservaba más vivacidad en el tercio de muleta y no se le podía dar pases, había que torearlo. No como sucede hoy con no pocos toreros, que dan muchos pases y apenas torean.

 

Hay muchos malentendidos en el toreo. Uno de ellos es que el toro grande es el toro-toro cuando solo es el toro grande. Seamos claros, el toro-toro es aquel que con la edad cumplida es bravo y fiel al trapío de su estirpe. Por lo demás, el trapío es un concepto que desborda lo puramente físico, Es la seriedad, el respeto, el peligro, la inquietud admirativa que provoca su presencia. Y más todavía, ese trapío exterior dura nos instantes, porque más fuerte es el trapío interior, el que el toro lleva dentro y manifiesta in crescendo a lo largo de la lidia. Al respecto, no me canso de evocar al toro «Bastonito», de Baltasar Iban, protestado de salida por el 7, que terminó asustando a los tendidos de Las Ventas y que fue vencido por el gran trapío de un pequeño y grandioso torero, César Rincón.

Lo que no me gusta de los dogmas es que son una supuesta verdad que prohíbe el pensamiento. En todo caso son una verdad que el pensamiento no alcanza a desvelar. Pero el toro grande como prototipo del toro-toro, dogma del torismo primario, casi ha consumado en este último San Isidro su principal objetivo, que los toreros no triunfen y se jodan. Lo primero lo ha conseguido con la colaboración del toro elefantiásico, imposible de ser reseñado por nota, hechuras y reata, obligadamente elegido por volumen, cuernos y kilos -vaya, vaya con la primera plaza del mundo-. Pero no lo segundo, porque todos los toreros, absolutamente todos, incluidos los novilleros, que han matado auténticas corridas de toros, han triunfado o han estado por encima de torancones que se comportaban como lo que eran, lo peor de cada casa.

Y hubo uno a quien debió de inspirar tanto dogma, tanta chulería, tanta estupidez, porque salió a la plaza a divertirse, a romper falsos prestigios y dogmas estúpidos. Y toreó en la plaza de Madrid como si estuviera en un tentadero propio, al amanecer, después de una noche loca. Pero si hizo quites porque sí, mató perfilándose a 15 metros del toro, y hasta se subió a un caballo y picó, también es verdad que todo lo hizo como un bohemio y como un maestro y que cuando llegó el momento toreó como los ángeles. El caso es que rompió todos los tabúes y salió a hombros por la Puerta Grande. Naturalmente, hablo de Antonio Ferrera. Supongo que cuando volvió a su casa, se sentó a mirar el campo, encendió un buen habano y prorrumpió en una larga carcajada.

O sea, el toreo lo arreglan los toreros.