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Por Ricardo Gil Otaiza

Otros Pierre Menard por Ricardo Gil Otaiza



Otros Pierre Menard por Ricardo Gil Otaiza

Expresó Borges en uno de sus magníficos ensayos, a propósito de su ficción Pierre Menard, autor del Quijote, lo siguiente: “Quizás, todos somos Pierre Menard que repetimos sin cesar y en diferentes lenguas, libros preexistentes”.

Interesante observación, se dijo, cuando la leyó mil veces, para intentar asumir en toda su crudeza lo que el autor refirió acerca de su personaje, y pensó que él mismo y todos los autores son en esencia Pierre Menard, porque reiteran hasta el cansancio aquello dicho en otros tiempos y en otras locaciones, y a veces hasta con las mismas palabras, por lo cual sacó de ella una conclusión que le pareció lógica y determinante para su destino como autor: reescribir una obra no es un delito, ni algo que contravenga una ética tácita, si en ello hay autenticidad y empeño.

Abstraído como estaba, se preguntó: ¿no repetimos acaso desde el inicio de la palabra oral y la palabra escrita lo expresado y lo escrito por otros? Definitivamente, sí, se respondió sin asomo de duda, lo que lo llevó a su vez a otra conclusión, al parecer, no tan traída de los cabellos si la analizamos con la debida atención: quienes traducen una obra o la vierten a otra lengua, la reescriben: ponen en sus páginas vocablos, giros, frases y argumentos disímiles a los del autor original, porque el trasvase de una lengua a otra lleva necesariamente a un libro distinto en lo formal y hasta en lo esencial, porque deberá responder a la idiosincrasia y mentalidad del lector de otra cultura que, sin su intervención, no comprendería jamás lo que el primero quiso dar a entender.

Sabía —porque tonto no era—, que su planteamiento estaba en el orden de lo filosófico, y que sus andaduras intelectuales bordeaban, porque sí, los territorios de la ley, de la cultura y hasta de la noción de lo que llamamos autoría, y que, si desgranaba todo aquello con atención y disciplina, podría llegar a impensables destinos y orillas, que trastocarían ideas y posturas vigentes desde lo meramente arcaico, para adentrarse en aguas profundas y novedosas en el ahora.

Pierre Menard escribió, no otro Quijote, se dijo, sino el Quijote, y si bien es cierto que su carácter era para los detractores del autor de Nîmes, ambiguo y fragmentario, lo era también más rico, lo cual certifica el propio Borges, y resulta así (pensó gozoso) con los clásicos antiguos y contemporáneos, que se entrecruzan, se interceptan, se fusionan en obras en las que podemos hallar raíces profundas, aunque no visibles para todos, sino para el verdadero lector: el que ata hilos sutiles, el que sabe concatenar aquí y allá para hacer del oficio lector un acto único y redentor: una mayéutica revitalizadora, que nos empuja a sacar de nuestro interior aquello que nos posee como lava ardiente.

Se sentía feliz por lo que acababa de descubrir en la soledad de su cuarto, con la única compañía de sus libros y de su conciencia, y con ellos le bastaba porque sabía, y de hecho lo había corroborado aquella noche, que el acto de creación es un bullir silente y no ostentoso, un “sentir” pausado y continuo, sutil y a veces doloroso, que nos cambia para siempre, que hace de nosotros seres consustanciados con un “algo” inexplicable, pero que está dentro, que sin pretenderse ni proclamarse se asoma, y nada podrá ya subvertirlo ni adocenarlo, de allí su poder e impronta.

Vistas las cosas, y atados los posibles cabos, se sentía contemporáneo de los grandes del pasado, heredero y propalador de sus obras, y si Menard había escrito El Quijote, con algunos siglos de distancia entre la génesis de ambos libros (el de Cervantes y el suyo), el ayer y el ahora eran una misma cuestión, solo cambiaba la visión y las coordenadas tempo-espaciales que, si bien, relativizan mucho, no implican profundos hiatos imposibles de salvar, porque todo es un continuum.

Dedujo, no sin estupor, que, si bien, su tarea lucía complejísima, era por demás fútil como lo recuerda Borges, porque se enlaza en una sucesión de hechos que hacen de una obra una pieza inacabada e imperfecta, objeto y sujeto a la vez de los caprichos del destino, y de quien la acomete en un punto preciso de la historia.

Ahora bien, se dijo: si Pierre Menard es el autor de El Quijote, como lo documenta con vastedad su mentor y mecenas, ¿él lo sería de cuál de las grandes obras, herederas absolutas del pasado y del devenir?, y aquí se atribuló, porque en todas hay una sucesión de etapas identificadoras, que hacen de ellas “muchas y a la vez únicas”, y llegaron a su mente las inexorables Ilíada y Odisea, La Divina Comedia, Hamlet, Las mil y Una Noches, Romeo y Julieta, el Ulises, Crimen y castigo, Edipo Rey, Guerra y Paz, Madame Bovary, Cien años de soledad, y no quiso agregar más obras a la lista, para no perderse en lo ineluctable del fluir e intentó con mesura meditar al respecto, pero cayó en la cuenta de su error.

Plantearse escribir de nuevo alguna de aquellas obras era loable, y decía mucho de su frenesí creador, pero también era un ejercicio de vanidad, y ello lo avergonzó, lo hundió en cavilaciones y desencuentros interiores; de hecho, la futilidad de la que hablaba Borges implicaba en sí misma un ejercicio de introspección, de reconocimiento de lo inútil que hay en toda empresa intelectual, y la reescritura lo era, sin lugar a dudas, y proponérselo siquiera implicaba una desmesura que no agregaba mucho a la vida y a sus circunstancias, porque, cabría suponerse, será siempre el primer autor el loado por la historia, y los otros Pierre Menard pasarán como meros multiplicadores hasta el infinito de lo preexistente.

rigilo99@gmail.com