Mérida, Julio Jueves 02, 2026, 02:00 pm
"Cuando
una nación clama auxilio y sus soldados no aparecen, el silencio también se
convierte en una forma de respuesta."
Los terremotos que estremecieron Venezuela el pasado 24 de junio cuando se conmemoraba la Batalla de Carabobo y Día del Ejercito forjador de libertades, no solo derrumbaron innumerables edificios, viviendas, carreteras y esperanzas, además de la innumerable cantidad de víctimas. También derrumbaron uno de los últimos símbolos institucionales que aún sobrevivían en la memoria colectiva de muchos venezolanos: la imagen de una Fuerza Armada que, ante la tragedia, acudía sin titubeos al llamado de su pueblo.
Esta vez no fue
así. Durante más de setenta y dos horas, millones de venezolanos se hicieron la
misma pregunta: ¿Dónde estaba la Fuerza Armada Nacional?, no era una pregunta
política. Era una pregunta profundamente humana.
Quienes tuvimos
la oportunidad de conocer otra institución militar recordamos escenas que hoy
parecen pertenecer a otro país: helicópteros Super Puma y BEL412 rescatando
familias atrapadas, aviones Hércules C130 transportando ayuda humanitaria y
personal, hospitales de campaña instalados en cuestión de horas, cocinas
militares alimentando damnificados, ingenieros militares abriendo caminos,
colocando puentes de guerra entre los escombros y soldados cubiertos de barro
trabajando hombro a hombro con la población civil.
Así ocurrió
durante la tragedia de El Limón, así ocurrió durante la tragedia de Vargas, así
actuaba una institución cuya doctrina colocaba el servicio a la Nación por
encima de cualquier otra consideración.
Hoy, en cambio,
el pueblo venezolano contempló con desconcierto una ausencia tan prolongada
como difícil de explicar.
No hablamos de
una institución improvisada. Si hablamos del componente “más grande” de la
Fuerza Armada Nacional, el Ejército venezolano posee un Cuerpo de Ingenieros
con brigadas, batallones especializados en construcción, mantenimiento e
ingeniería de combate; dispone de unidades logísticas, transporte, sanidad
militar, aviación del Ejército y medios concebidos precisamente para intervenir
en situaciones de emergencia nacional. La Armada cuenta igualmente con cuerpos
de ingenieros e infraestructura, mientras los demás componentes poseen
capacidades técnicas destinadas al apoyo de operaciones de protección civil.
La capacidad suponemos
que existe. La estructura suponemos existe y los recursos humanos, al menos
sobre el papel, suponemos existen; salvo que ya no exista la FAN. Entonces
surge inevitablemente la pregunta que millones de venezolanos continúan
formulándose: ¿Qué impidió que esa capacidad se pusiera al servicio de la
población desde las primeras horas de la tragedia?
La respuesta no
puede limitarse al silencio. Porque mientras la maquinaria del Estado parecía
paralizada, fue la sociedad civil la que dio una extraordinaria lección de
solidaridad. Vecinos, médicos, enfermeros, voluntarios, iglesias,
universidades, organizaciones no gubernamentales y venezolanos dentro y fuera
del país comenzaron a movilizar alimentos, medicinas, equipos y recursos con
una rapidez admirable.
Paradójicamente,
en esta tragedia la fortaleza institucional no vino desde arriba. Vino desde
abajo. Vino del pueblo y esa realidad debería avergonzar a quienes durante años
convirtieron a la Fuerza Armada en un instrumento para la confrontación
política, desviándola progresivamente de su misión constitucional. Durante más
de dos décadas, los venezolanos vimos miles de efectivos desplegados para
custodiar elecciones, controlar protestas, instalar alcabalas, administrar
empresas públicas, distribuir alimentos, participar en actividades partidistas
o ejercer funciones ajenas a la profesión militar.
Para esas tareas
nunca faltó personal pero cuando miles de ciudadanos quedaron sepultados bajo
los escombros, aislados por carreteras destruidas o esperando rescate, la
capacidad de reacción que tantas veces se exhibió simplemente no apareció con
la misma contundenciaEsa comparación es inevitable y profundamente dolorosa. Lo
más preocupante no es únicamente la tardanza. También resultan profundamente
inquietantes las numerosas denuncias difundidas por ciudadanos y medios
digitales sobre actos de apropiación indebida de ayuda humanitaria y otras
conductas incompatibles con el honor militar. Corresponde a las autoridades
investigarlas con transparencia y sancionar cualquier responsabilidad
individual que pudiera existir. El prestigio de una institución nunca puede
construirse sobre la impunidad.
Escribo estas
líneas desde una convicción muy personal. Recibí formación en una de las escuelas
militares y compartí durante años con quienes posteriormente alcanzaron los más
altos grados del Ejército, la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional. Conocí
en la otrora Fuerza Armada oficiales cuya palabra valía más que cualquier
condecoración, conocí instructores que enseñaban que el mando y la conducción comenzaban
con el ejemplo como principio fundamental, conocí soldados que entendían que el
uniforme no otorgaba privilegios; imponía sacrificios. Por eso duele tanto
contemplar el deterioro moral e institucional de una organización que durante
décadas fue una de las instituciones de mayor prestigio del país hasta llegar
la fulana V República.
No se trata de
nostalgia, se trata de responsabilidad histórica. Porque el uniforme militar
jamás pertenece a un gobierno, pertenece a la República, pertenece al pueblo
venezolano. Su lealtad no puede estar condicionada por ideologías, intereses
personales o proyectos políticos. La Constitución es clara cuando establece que
la Fuerza Armada Nacional está al servicio exclusivo de la Nación y ese
principio no admite interpretaciones.
Cuando los
venezolanos dejan de esperar a sus soldados en medio de una tragedia, algo muy
profundo se ha roto y cuando la institución que debería representar protección
genera preguntas, dudas o decepción, el problema deja de ser militar para
convertirse en un problema nacional.
Venezuela reconstruirá sus ciudades, reconstruirá sus carreteras, reconstruirá sus hospitales pero existe una reconstrucción mucho más compleja. La reconstrucción del honor institucional, la reconstrucción de la confianza ciudadana y, sobre todo, la reconstrucción de una Fuerza Armada que vuelva a entender que su mayor gloria no consiste en defender a un poder, sino en servir a un pueblo. Porque los pueblos nunca olvidan quiénes estuvieron presentes en las horas más difíciles. Pero tampoco olvidan quiénes brillaron por su ausencia.
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