Mérida, Julio Jueves 02, 2026, 02:00 pm

Inicio

Opinión



Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Por Giovanni Marquina,El Colapso Estructural de un Estado Miserable por Giovanni Marquina
Por Giovanni Marquina

El Colapso Estructural de un Estado Miserable por Giovanni Marquina



El Colapso Estructural de un Estado Miserable por Giovanni Marquina

En 1862, el célebre escritor e intelectual francés Víctor Hugo publicó su obra cumbre, Los Miserables. Concebida en pleno siglo XIX, la novela emergió en una Francia convulsa, marcada por la Restauración monárquica y el estallido de la Rebelión de Junio de 1832 en París. A través de esta pieza de arquitectura literaria, Víctor Hugo estructuró un manifiesto político descarnado, su pluma denunciaba la opresión del sistema penal, la criminalización de la indigencia y el desamparo absoluto de las clases desposeídas por parte de un Estado ciego e indolente. El autor sostenía con vehemencia que la degradación social y la anomia no eran fallas morales intrínsecas de los individuos, sino la consecuencia directa de un ecosistema institucional que negaba la educación, la justicia y la dignidad elemental a su propio pueblo.

Ciento sesenta y cuatro años después de aquella publicación, la trágica radiografía sociopolítica de París parece haber mudado su epicentro a nuestra propia geografía. El parangón con la realidad que lacera a Venezuela es absoluto, simétrico y desgarrador. Hoy, los ciudadanos nos enfrentamos a un infierno artificial donde la vulnerabilidad socioeconómica ha dejado de ser una abstracción estadística para erigirse como una amenaza mortal cotidiana. Al igual que los personajes marginados de la epopeya francesa, el venezolano sobrevive en un entorno hostil donde el Estado y sus instituciones han desertado de sus funciones protectoras y reguladoras más elementales.

Este colapso sistémico de las políticas públicas encontró su reflejo más crudo y literal en la catástrofe que sacudió el centro del país el pasado 24 de junio. Los movimientos telúricos que sembraron el terror en nuestras comunidades no pueden ser catalogados simplistamente como meros "accidentes de la naturaleza". Las desgarradoras imágenes difundidas en plataformas digitales, que muestran edificios enteros desmoronándose con la fragilidad de una galleta, desnudaron una realidad institucional putrefacta, la ausencia absoluta del cumplimiento de las Variables Urbanas Fundamentales en materia de permisología, ingeniería de suelos, cálculo estructural, control de obras y fiscalización urbanística. A esto se suma el drama del mantenimiento de estructuras antiguas, cuyos propietarios, asfixiados por ingresos de miseria, carecen de la capacidad fáctica para costear los gastos condominales más básicos. 

Esta tragedia es la secuela directa de gobiernos locales que avalaron proyectos por clientelismo, ignorando estudios de ingeniería y mapas de riesgo para priorizar la complacencia política. Al crujir la tierra, la propaganda del "Estado protector" se desplomó, desnudando un déficit catastrófico, hospitales vacíos y cuerpos de bomberos diezmados por el éxodo profesional. Ante la parálisis estatal, el pueblo en las primeras 24 horas tuvo que rescatar al pueblo con las uñas. Como en las barricadas de Víctor Hugo, los ciudadanos asumieron el rol de rescatistas improvisados, removiendo concreto con sus manos desnudas.

Sin embargo, la tragedia física del sismo no es el único escombro que sepulta al ciudadano. Ese mismo 24 de junio, mientras la tierra temblaba, Venezuela experimentaba en paralelo un sismo financiero de proporciones telúricas. Una filtración exclusiva del prestigioso diario económico británico Financial Times hizo estallar una noticia de un peso macroeconómico colosal que permanecía oculta, la deuda externa real de Venezuela asciende a la astronómica cifra de 240.000 millones de dólares.

El origen de este sinceramiento contable se suscita luego de que el gobierno nacional tras el reordenamiento político de principios de año y la salida de Nicolás Maduro contratara a la reputada firma de asesoría financiera estadounidense Centerview Partners para auditar los libros de la República. Al abrir lo que la comunidad internacional denominaba la "caja negra" de las finanzas venezolanas, el hallazgo preliminar conmovió a Wall Street y a los mercados globales, cuyas estimaciones previas calculaban el pasivo soberano en una banda muy inferior, de entre 150.000 y 200.000 millones de dólares.

La gravedad del asunto adquiere un tinte dramático al contrastar esta deuda con el aparato productivo actual de la nación. El compromiso financiero representa más del doble de lo que el país produce en un año entero, superando holgadamente el 200% del Producto Interno Bruto (PIB). Para dimensionar la magnitud de esta crisis, la reestructuración de deuda que el ejecutivo planea presentar formalmente a los acreedores a inicios de julio se perfila como la más grande de la historia financiera global, eclipsando el histórico rescate de Grecia en el año 2012, estimado en unos 200.000 millones de dólares. Este "sinceramiento" de cuentas busca, mediante una estrategia de shock, forzar a los acreedores internacionales a aceptar una quita o recorte sustancial de los montos adeudados como condición sine qua non para reinsertar al país en los mercados de capitales.

Para comprender el impacto de esta bancarrota en el venezolano de a pie, basta realizar un ejercicio de división matemática elemental pero demoledor, si prorrateamos esa deuda total de 240.000 millones de dólares entre una población estimada de 30 millones de habitantes, la ecuación arroja que cada venezolano arrastra una deuda per cápita de 8.000 dólares con los acreedores internacionales.  En el contexto de nuestra depauperada economía nacional representa una carga de opresión fiscal colosal, para un pensionado tardaría exactamente 119 meses en pagar su parte de la deuda externa. Esto equivale a 9 años y 11 meses destinando el 100% de su asignación mensual, sin gastar un solo centavo en comida o medicinas. Es allí donde el análisis económico confluye con la obra de Víctor Hugo: la deuda no es solo un indicador financiero, es un grillete que perpetúa la condición miserable de toda una sociedad.

Bajo los escombros de la negligencia, esta tarea nos obliga a mirar la advertencia que Víctor Hugo plasmó con fuego en Los Miserables: "Si el alma se queda en las tinieblas, se cometen pecados. El culpable no es el que comete el pecado, sino el que causa las tinieblas". Esas tres décadas de desidia institucional y corrupción no solo vaciaron las arcas públicas, sino que sumieron a la nación en la penumbra de la desesperanza. Refundar la patria significa, antes que nada, encender de nuevo la lámpara de la ética y la verdad, asumiendo la responsabilidad histórica de disipar la oscuridad para que la dignidad de nuestro pueblo deje de ser una resistencia heroica y se convierta, de una vez por todas, en una realidad tangible.