Mérida, Agosto Sábado 01, 2026, 05:46 pm
La mañana de este primer día del mes amaneció
radiante, de esas que invitan a caminar temprano y saludar al vecino. En el
abasto de la esquina, entre sacos de papas y olores a tierra fresca, la
muchacha que atiende me sorprendió con una pregunta a quemarropa: «Señora,
¿usted no tendrá una matita de ruda por ahí?». Al confesarle mi falta, me
soltó la receta ancestral: hoy hay que tomarse el café negro con un par de
hojas de ruda en ayunas para espantar los males de agosto.
La sabiduría popular no da puntada sin dedal. Desde
tiempos inmemoriales, el folclore le ha colgado a este mes una fama de cuidado.
«Julio los prepara y agosto se los lleva», decían los viejos, recordando
antiguos inviernos crudos donde apretaba la escasez y flaqueaba la salud. La
ruda, amarga y valiente, se convirtió en el escudo de nuestros abuelos: un
sorbo matutino para limpiar la sangre, espantar las malas vibras y blindar el
alma contra cualquier contratiempo.
Y este año, esa necesidad de amparo se siente más
honda. Apenas han pasado dos meses desde que la tierra tembló y nos sacudió la
vida, dejándonos el luto, la incertidumbre y las heridas todavía abiertas. Es
comprensible que hoy la calle busque en un ramillete verde o en un sorbo amargo
un poquito de alivio, una certeza a la cual aferrarse para sanar el miedo.
Pero no nos dejemos vencer por la pesadumbre.
Aunque la memoria del sismo nos pese en el pecho y la tradición nos pida
prevenirnos, la vida siempre se abre paso entre las grietas.
Porque no todo es malo: en el mes de agosto también
pasan cosas buenas.
Es el mes donde la solidaridad que nació entre los
escombros se vuelve rutina, donde los vientos limpian el horizonte y la
comunidad se levanta con terquedad a reconstruir lo perdido. Si la ruda sirve
para espantar el espanto, que la fe, el apoyo mutuo y la memoria amorosa nos
sirvan para abrazar todo lo bueno que, aun en la dificultad, este nuevo mes nos
traerá.
De la frutería salí corriendo al vivero más cercano
para ver si mi amigo, el jardinero, tenía una matica de ruda que me pudiera
vender. Porque uno nunca sabe, dicen los entendidos” que «de que vuelan, vuelan”.