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durante la ordenación presbiteral de José Manuel Gómez González, SJ,
Por Homilía del Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Homilía del Cardenal Baltazar Porras Cardozo durante la ordenación presbiteral de José Manuel Gómez González, SJ,



Homilía del Cardenal Baltazar Porras Cardozo durante la ordenación presbiteral de José Manuel Gómez González, SJ,

Queridos hermanos jesuitas de la Provincia de Venezuela, apreciados compañeros de camino de José Manuel junto a su querida familia Gómez González, apreciada comunidad de esta insigne Universidad Católica Andrés Bello que hoy nos acoge, hermanas y hermanos todos:

 

La Iglesia que peregrina en Venezuela se congrega esta mañana alrededor de un altar donde un hijo de la Compañía de Jesús recibirá la imposición de las manos y la unción con el crisma sagrado para convertirse, por pura gracia y no por mérito propio, en sacerdote de Jesucristo para siempre. No es un acontecimiento privado entre José Manuel y la Compañía de Jesús: es una fiesta de toda la Iglesia venezolana, que en medio de tantas heridas, -las que nos ha dejado el doble terremoto de La Guaira y Caracas, las que arrastramos desde hace años en nuestra convivencia como país, las heridas del que se fue y del que se quedó-, necesita hoy más que nunca, signos vivos de que Dios sigue llamando, sigue perdonando y sigue enviando obreros a su mies.

 

Tiene lugar esta celebración en un marco multicolor con aristas que sobresalen en un poliedro en el que hay discernir el centro: ayer, fiesta nacional que pregona soberanía por su gran caudillo, la batalla naval del Lago de Maracaibo y día de la Armada, que se desdibuja en el tutelaje; coincide, además, con el primer mes de los terremotos que han puesto al descubierto el deslave telúrico, político y ético. Hoy, además, es la fiesta solemne de Santiago Apóstol patrono de esta ciudad capital, uno de los hijos del Zebedeo, cuya madre le pidió a Jesús, nada más y nada menos que sus hijos se sentaran a su lado en su reino. La respuesta del Señor dirigida a los hijos y no a la mamá, fue: no saben lo que están pidiendo porque hay que ser capaces de beber el cáliz que Él ha de beber. El que quiera ser grande al estilo de Jesús no lo será por la ambición de poder ni por el dominio de los demás sino por el servicio desinteresado a los otros que remite a la auctoritas de la  Charitas. Benedicto XVI denunció la ambición de poder en la misma Iglesia y se preguntaba: “¿no es una tentación el afán de hacer carrera o la tentación de poder? No busquemos el poder, el prestigio o la estima para nosotros mismos; la Iglesia sufre por el hecho de que cuando a una persona se le ha conferido una responsabilidad trabaje para sí y no para la comunidad”. Buena lección este día no solo para el ordenando sino para todos nosotros.

 

Mañana 26, fiesta de San joquín y Santa Ana se celebra el día de los abuelos. Su papel es en estos momentos de mayor trascendencia por la velocidad de la vida cotidiana y por la suplencia ante la ausencia física de los progenitores. Dentro de cuatro días conmemoraremos también el aniversario 59 del terremoto de 1967, invitación permanente a preguntarnos sobre nuestra relación con la casa común y sus exigencias prácticas y éticas. Y al fin de este mes, haremos memoria de la fiesta de San Ignacio que en los Ejercicios Espirituales nos llama a conocer el rostro misericordioso de Dios, que desemboca en consolación espiritual y en la certeza gozosa de haber sido reconciliado. José Manuel, por su parte, ha querido asumir en las lecturas de esta celebración, tanto el mensaje del Apóstol como el tema ignaciano del perdón que evidencia que la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien. Como cristianos, vemos las tinieblas y las llamamos por su nombre pero no nos quedamos paralizados contemplándolas; sirven al bien incluso donde el dolor parece tener la última palabra, en palabras de León XIV (cfr. MH 211).

 

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Las tres lecturas que hemos escuchado tienen un mismo centro: el perdón de Dios no se gana, se recibe. Es un don, un regalo no una paga por servicios prestados. El siervo doliente de Isaías carga sobre sí el pecado de todos sin abrir la boca; el salmista confiesa la dicha inmensa de quien ha sido absuelto; Pablo enseña a los romanos que a Abrahán se le contó como justicia su fe, no sus obras. En el centro de esta liturgia, José Manuel, que ha recorrido durante años el mismo itinerario que transitó hace casi cinco siglos un soldado herido en Pamplona: el itinerario de descubrirse pecador amado y perdonado, para poder convertirse él mismo en instrumento de esa misma misericordia.

 

El cuarto canto del Siervo que hemos proclamado nos describe a alguien maltratado, sin proceso ni defensa, que "como cordero llevado al matadero... no abría la boca". Es la imagen más honda del amor que se entrega sin condiciones ni reclamos, que carga con lo que no le pertenece, -"por los pecados de mi pueblo lo hirieron"-, para que otros puedan vivir. La Iglesia ha reconocido siempre en este siervo el rostro anticipado de Jesucristo crucificado, y por eso San Ignacio de Loyola coloca precisamente ante el Cristo puesto en cruz el coloquio central de la Primera Semana de sus Ejercicios: "mirando a mí mismo lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo" [EE 53]. No hay teología del perdón en Ignacio que no pase por esta contemplación: alguien inocente que muere por mis culpas, y ante quien la única respuesta razonable no es el terror, sino la gratitud que se convierte en entrega.

 

El salmo responsorial añade la otra cara de la misma moneda: "Feliz el que está absuelto de su culpa, a quien le han enterrado su pecado". El salmista había experimentado, antes de confesar, el peso insoportable del silencio: "se consumían mis huesos cuando callaba... tu mano pesaba sobre mí". Y solo cuando se atreve a decir la verdad de su vida,"te declaré mi pecado, no te encubrí mi delito"-, recibe la paz.

 

Quienes conocen de cerca la vida de Ignacio de Loyola reconocerán aquí, casi palabra por palabra, la experiencia de Manresa: aquel Ignacio que, después de una confesión general hecha con toda diligencia en Montserrat, seguía atormentado por escrúpulos que no le dejaban descansar, hasta que aprendió, -no sin lucha, no sin la tentación de quitarse la vida-, a distinguir entre la culpa que purifica y la angustia que encadena. José Manuel ha estudiado, rezado e interiorizado este itinerario. Hoy la Iglesia le pide que lo encarne como pastor: que sea, para quienes se acerquen a él cargando su propio peso de silencio, alguien que ayude a decir la verdad sin miedo, porque sabe, en carne propia, que del otro lado de esa verdad no le espera la condena, sino el abrazo.

 

San Pablo, en la segunda lectura, desmonta cualquier ilusión de que el perdón se pueda ganar por obras: "al que no hace nada, sino que se fía en el que hace justo al malvado, se le tiene en cuenta la fe para su justificación". Es una frase incómoda, casi escandalosa, y sin embargo es el corazón mismo del Evangelio: Dios no perdona a quien ya ha saldado su deuda, sino precisamente a quien no puede pagarla. Ignacio de Loyola vivió esta lógica en su propio cuerpo antes de escribirla en los Ejercicios. En el Primer Ejercicio de la Primera Semana no invita al ejercitante a calcular méritos ni a equilibrar la balanza de sus pecados con sus buenas obras, sino a un asombro muy concreto: si tantos han sido castigados por una sola falta, y yo he cometido tantas y sigo con vida, la única explicación posible es la pura misericordia inmerecida de Dios. El coloquio que cierra ese ejercicio [EE 61] no es un balance contable, es una acción de gracias: "dando gracias a Dios nuestro Señor porque me ha dado vida hasta ahora, proponiendo enmienda con su gracia para adelante".

 

Este es, queridos hermanos, el sacramento del orden al que José Manuel es llamado hoy: no el de un administrador de méritos, sino el de un testigo de la gratuidad. Un sacerdote ignaciano no sube al altar ni se sienta en el confesonario para verificar si el penitente ha cumplido ya su cuota de sufrimiento o de reparación; sube y se sienta para hacer presente, con su propia vida perdonada, la misma mirada que Jesús puso sobre Mateo el publicano, -"miserando atque eligendo", lo miró con misericordia y lo eligió-, la mirada que un papa jesuita, sucesor de Pedro, quiso llevar como lema toda su vida. Que esa mirada sea también la tuya, José Manuel, cada vez que alguien se acerque a ti sintiéndote, como Mateo, indigno de ser llamado o como Santiago, bebiendo el cáliz de su entrega total.

 

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No podemos celebrar esta ordenación como si viviéramos en otro país o en otro tiempo. Porque hay razones para seguir esperando. Llevamos arrastrando desde hace tiempo una serie de carencias: familias separadas por la migración, heridas de la convivencia política que no terminan de cicatrizar, el cansancio de tantos años de incertidumbre. En un contexto así, la pregunta no es teórica: ¿qué clase de sacerdote necesita hoy Venezuela?

 

La tradición jesuitica tiene una respuesta que no inventamos ahora, sino que es parte de la misión de la Compañía de Jesús; misión de reconciliación, que ayuda a las personas a reconciliarse con Dios, consigo mismas, con los demás y con la creación entera. San Ignacio no llegó a esta convicción por especulación, sino por experiencia: el mismo peregrino que en Montserrat dejó su espada de caballero a los pies de la Virgen, y que en Manresa aprendió a discernir entre la culpa acusadora y la libertad apostólica, terminó fundando una orden religiosa cuya razón de ser era extender a otros esa misma reconciliación que él había recibido inmerecidamente.

 

José Manuel: en nombre de esta Iglesia herida y esperanzada, te toca ser un presbítero y misionero reconciliador, allí donde el Espíritu te envíe a través de tus superiores. Es un aprendizaje permanente que surge de la vida, no de un concepto o doctrina: acompañar a quien llora a un desaparecido bajo los escombros de La Guaira; tender puentes donde otros solo ven trincheras; perdonar setenta veces siete, como pide el Evangelio, sin cansarte ni endurecerte; y que jamás olvides que tú mismo eres, antes que nada, un pecador perdonado enviado a anunciar el perdón, no un juez que dicta sentencias.

 

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Querido José Manuel: en la andadura de la Compañía tienes muchos testimonios valiosos. Los conoces mejor que yo. Me atrevo a sugerirte que mires también a los hijos de Ignacio que en esta tierra de gracia sembraron evangelio, cultura y servicio a los más necesitados; desde los intrépidos misioneros en el Amazonas como José Gumilla reflejado en su libro el Orinoco Ilustrado; como los centenares que pasaron por el famoso colegio San Francisco Javier de Mérida, procedentes de más de veinte nacionalidades distintas. Como los expulsados de la casa de Maracaibo que sobresalieron en diversas cátedras en Italia.

 

En el siglo XIX, el jesuita José Manuel Jáuregui, nacido en la naciente Venezuela, huérfano desde muy niño por razones de la guerra, rescatado por un tío paterno y llevado a la Península, profesó en la Compañía, conservó el gentilicio patrio y llegó a ser maestro de novicios y provincial de España en los tiempos de la Reina Isabel II.

 

Y a comienzos del siglo XX, Tomás Morales Pérez, hijo de padres canarios, nacido en Macuto, bautizado y confirmado en 1909 en la parroquia caraqueña de San Pablo donde se veneraba la imagen del Nazareno, emigró junto con sus padres por los avatares políticos de la época. Estudió en el colegio de los jesuitas de Madrid en Chamartín. En 1932 obtuvo la beca para continuar estudios en el Colegio San Clemente de los Españoles en Bolonia donde obtuvo el título de doctor en derecho en el Alma Mater de dicha ciudad italiana. Decidió no volver a España e inició su noviciado en la Compañía de Jesús en Chevetogne, Bélgica. Finalizada la guerra civil española comenzó los estudios de Teología en el Collegium Maximum de la Compañía de Jesús en Granada donde recibió la ordenación sacerdotal en 1942. A su vocación religiosa unió una especial sensibilidad por el trabajo social con los jóvenes y los desplazados. Su legado principal: la creación del Instituto Secular Cruzados de Santa María, el Instituto Secular de Cruzadas de Santa María, el Movimiento Apostólico de jóvenes milicia de Santa María y la Asociación pública de fieles Hogares de Santa María. Falleció el 1 de octubre de 1994 en Alcalá de Henares. Su causa de beatificación está en curso y han sido aprobadas sus virtudes heroicas recientemente. No renunció a su origen, añoró Macuto al que no volvió y es hoy intercesor por el sufrido pueblo del litoral guaireño y de toda Venezuela.

 

Y no son menos los hijos de Ignacio que llegaron a Venezuela en el siglo XX en plena dictadura gomecista, con la reciedumbre de ser originarios de la Vascongadas. Los de la primera hora como los de la segunda oleada misionera de los años 30 son un faro de luz en la historia más cercana en el tiempo. Los hermanos Aguirre Elorriaga, los hermanos Vélaz con el soñador e intrépido José María, el P. Iriarte y tantos otros. Los primeros frutos en hijos de la tierra con Pedro Pablo Barnola en la primera hora, Carlos Guillermo Plaza y ayer no más, Joseíto Virtuoso para no recordar a tantos otros. Las obras allí están en el campo educacional, en la investigación en múltiples campos, en la formación de generaciones de hombres y mujeres con conciencia social y entrega generosa. Los recordamos no para admirarlos sino para seguir sus huellas. No hay dualismo alguno entre la historia de la salvación y la historia humana. La tarea es discernir la vivencia de la vida espiritual y el espíritu de Dios presente en ella.

 

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Dentro de unos minutos extenderemos las manos obispo y presbiteros sobre tu cabeza, José Manuel, en el mismo gesto silencioso con que la Iglesia ha transmitido el sacerdocio de Cristo durante veinte siglos. En ese silencio están presentes tus padres y tu familia tachirense , que te han acompañado desde que naciste hasta hoy; están tus hermanos jesuitas de esta Provincia, que compartieron contigo los años del noviciado, del magisterio y del estudio; está la universidad, la Católica del Táchira y la Andrés Bello, que ha visto nacer tantas vocaciones al servicio del pensamiento y de la fe; y está, sobre todo, la Venezuela que hoy sufre y que hoy también espera. No te ordenas para tiempos fáciles. Te ordenas para un tiempo en el que nuestro pueblo necesita, más que discursos, sacerdotes capaces de guardar silencio como el Siervo cuando hace falta, de decir la verdad como el salmista cuando también hace falta, y de anunciar sin condiciones la gratuidad del perdón de Dios, como enseñó Pablo a los romanos y como Ignacio aprendió a fuerza de experimentarlo en su propia carne herida.

 

Que la Virgen de Coromoto, Reina de Venezuela, San Ignacio, peregrino de la misericordia, y las devociones y santos de a pie, de la acera de enfrente de esta tierra bendita, intercedan por ti en este día. Que el Espíritu Santo, que hoy te consagra, te mantenga siempre asombrado, -nunca acostumbrado,- ante la magnitud del don que recibes. Y que esta Iglesia venezolana, tantas veces golpeada y tantas veces resucitada, encuentre en tu ministerio presbiteral un motivo más para seguir creyendo ya que donde abundó el dolor, sobreabundará siempre la misericordia de Dios. Recuerda que en esta tierra donde estás es lugar sagrado y santo como lo fue la cueva de Manresa para San Ignacio. Que así sea.

9-26 (15433) 25-7-26