Mérida, Septiembre Jueves 10, 2026, 08:26 am
Durante las primeras horas luego del amanecer del 3 de enero del año 2026, mis derechos fundamentales (desputados por una caterva de vecinos que dos años atrás allanó parcialmente mi casa e intentó lapidarme con piedras rocosas, garantías constitucionales que pronto restablecería el Ministerio Público tras detener e imputar a mis agresores) fueron de nuevo vulnerados por los mismos sujetos que todavía permanecen bajo investigación y con medidas cautelares. No puedo dar detalles del caso penal, todavía en fase sumarial. Sus motivaciones fueron fútiles e innobles, propias de gente ofuscada por su extrema ignorancia e inaudita maldad.
Eran aproximadamente las 9:00 a. m. cuando uno de los imputados, flanqueado por un cómplice y su esposa, profirió en la calle amenazas al verme en compañía de un sargento supervisor (GNB) quien, como jubilado activo, me ofrecía, ad honorem, servicios de protección por haber ayudado a redactar una tesis de grado a su hija. Mi entrañable amigo militar, testigo fidedigno del acoso al cual he sido ininterrumpidamente sometido, murió al final del mes de agosto por causa de una enfermedad incurable.
El secuestro, captura o extracción forzosa del señor presidente impactó con inusitada severidad al país y especialmente la personalidad jurídica del Estado. Numerosos procesados por delitos sin relación estricta con actividades de interés político actúan arrogándose intocabilidad, ello tras la ausencia de un mandatario sustituto electo, sin menoscabo de su impronta jurídica en EE. UU.
Hay una puja de iracundos a favor de la derogación de normas y el desmantelamiento del corpus judicial con atribuciones intactas en mitad de la incertidumbre provocada por autoridades de EE. UU. La Fiscalía, junto con sus órganos subalternos, es con persistencia desafiada por individuos sin solvencia moral y con historial de haber infringido [la ley].
Mis fortuitos enemigos se dieron el tupé de invadir el área de la parada de autobuses donde acudo para abordar unidades del servicio de transporte terrestre. Ahí pusieron cuatro tubos y un techo de zinc. Una fachada cerril mostrando rastros de acciones sospechosas (RAS) a una comunidad perpleja y una ineficiente alcaldía.
Aparte, retornaron hacia la calle de mi residencia. Previa firma de un compromiso de alejamiento, habían dicho haberse mudado. Están en libertad condicional, con presunción de inocencia, claro, conforme al debido proceso, pero, fueren o no culpables —decisión que corresponde a un juez—, luce notorio que controlan con sospechosos fines de intimidación estratégica locaciones para mí ineludibles. El imputado principal por agavillamiento, jefe del grupo, estaciona su vehículo exactamente en la parada y obstaculiza el libre tránsito de los autobuses. Alguna vez, tras reflexionar sobre conductas descabelladas, definí «medalaganismo» ese comportamiento perceptible no solo en zánganos del ámbito político, sino en barriadas populares céntricas o suburbios. Me consta que, desde el despacho de la honorable Fiscalía Superior, se hicieron diligencias ante la alcaldía para corregir esa deleznable e irresuelta situación.
Sirvan mis párrafos preliminares para aseverar que cada día se enrarece más el traslado de quien ejercía funciones presidenciales en Venezuela. Obvia e indiscutiblemente no existía normalidad en el país luego de casi treinta años de progresiva aniquilación de la república. Pero estoy persuadido de que causalidades conexas a ideas relacionadas con la dominación fratricida y profunda impulsaron la instantánea acción bélica de origen imperial norteamericano, y la eliminación en combate de tropas también extranjeras que escoltaban al jefe en jefe (primer anillo de seguridad).
Los actos de guerra dirigidos por alias Trompeta y su lugarteniente tuvieron un costo enorme de miles de millones de dólares y desordenaron aún más la república. No hubo intención de consumar un magnicidio mediante avanzada tecnología militar. Tampoco propugnaban la instauración de un sistema democrático legitimado y creíble para blindar con legitimidad alianzas estratégicas.
Entre millones de ciudadanos, soy una irrelevante y minúscula víctima discrecionalmente insatisfecha. Nuestro entramado judicial venezolano ha sido intervenido, de hecho, por emisarios de un emperador cuya visión tuerta de la realidad de Venezuela lo hace sentirse un libertador. Alias Trompeta se ufana de haber conquistado el país con mayores reservas de combustible fósil del mundo. Lo peor es que, junto con sus audaces cooperadores —a quienes habría perdonado diversidad de actividades cuestionables—, pretende mantener sin elecciones libres y democráticas al pueblo venezolano. Miro urgente el restablecimiento de la razón suficiente en nuestra ultrajada república. Vejada por el patrón abrupto pero igual la paradoja de un triunvirato mefistofélico de intendencia resistiéndose a los sufragios.
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