¡Hey! por Ricardo Gil Otaiza
Va a la feria del libro de Madrid y se está toda la tarde dando vueltas aquí y allá, saltando de un stand a otro, y se siente feliz: los libros llenan en su vida esos hiatos que todos tenemos y que no nos gusta reconocer de la boca para afuera, pero que laten en nuestra interioridad, se mecen en nuestros sueños, emergen cuando menos lo pensamos y se hacen parte de la existencia y, como un aguijón, laceran y lastiman, tocan fibras muy sensibles, hurgan a más no poder y se quedan allí recordándonos que tenemos tareas pendientes por resolver, y hay quienes nunca se interesan por cerrarlos, por allanarlos con nuevas realidades y se dejan llevan por la corriente de los días y de los años y, cuando llegan a edades provectas, recuerdan aquello, pero ya es demasiado tarde, faltan fuerzas y bríos, el entusiasmo se ha ido y ya toca partir.
Lleva en una bolsa unos cuantos libros que le han costado una pasta, pero… con todo y el gasto extra que representa en sus menguadas finanzas (es profesor de literatura sin cargo fijo, lo que implica que a veces reciba algún dinerillo, pero la mayor parte de las veces esté literalmente ladrando y en la inopia): la excusa salvadora es que están en oferta (por lo menos eso le dijeron los vendedores, y quiere creerlo para su paz interior), y aquello lo reconforta y calma su atizada conciencia de haber gastado tanto, cuando a veces no tiene ni un duro para la cena, y en plena madrugada deba soportar estoico las punzadas estomacales y los chirridos de las vísceras a punto de hablar y reclamarle por tantos desatinos y malas decisiones.
Llega al ático en donde malvive, se quita la visera y pone la bolsa de los libros sobre la mesita en la que come y en la que escribe sus textos literarios (lo hace en una laptop desvencijada y a punto de echar el tiro. ¡Dios quiera que no!, lo dice en voz alta y a manera de mantra para alejar la mala suerte), saca uno a uno los libros que compró en la feria y los apila para revisarlos con una taza de café. Prepara el café en una minúscula greca, busca en la nevera y halla tres rebanadas de pan Bimbo a punto de vencerse, las mira con cautela para ver si tienen moho (las ha comido así, nada le extrañaría), las unta con mantequilla y se sienta por fin a revisar su compra.
Sus gustos literarios son variados en cuanto a autorías, no así en lo que respecta a los géneros (gusta más de la narrativa y la poesía, que de la ensayística o de otros géneros como la biografía o el tratado), y en esta oportunidad decidió seguir sin reacomodos: adquirió dos novelas, un libro de cuentos y un poemario, y comenzó a leer una de las primeras, cuyo título, Aquí sin nombre, de un autor que poco había frecuentado, le atrajo desde el mesón de las novedades, y dio así inicio al ritual de entrada.
Comenzó a oler las páginas sin detenerse en su contenido y sus ojos se quedaban en blanco y en completo éxtasis con una fragancia que lo remontaba a los días de la lejana infancia, cuando sus padres lo llevaban a comprar la lista de los útiles para el colegio y se daba a la tarea de oler los libros, las libretas y también los lápices, los creyones y los borradores, y todo ello representaba para él un disfrute sensorial y estético difícil de describir con palabras.
Luego, la piel. Sí la piel: pasaba sus dedos por las tapas y los cantos, por los lomos y las contratapas, por las solapas y las portadillas, y la suavidad de los materiales era, a qué dudarlo, valor agregado en un momento impostergable y grabado en cada intersticio de su ser.
Abrió la novela y dio continuidad al ritual, ahora sí se detendría en lo que decían aquellas páginas, pero no desde el comienzo, como cabría suponerse (y lo que rige la lógica y como decía su maestra de primer grado), sino salteado: cerca del final, en la mitad, en la página 20, o en la 40, o en la 120, ahora en la solapa para conocer un poco más del autor; vuelta a las páginas y de manera un tanto detenida, y en este punto se sobresaltó porque lo que leyó al voleo le resultó extrañamente familiar. ¡Hey! —se dijo no sin sobresalto. Sorbió un largo trago de café para recomponerse, y de dos mordidas engulló las tres rebanadas de pan Bimbo, que sintió medio ácidas.
Hubo un instante en el que pensó ser presa de una alucinación, y se dijo que podrían ser las esporas del hongo del pan que había comido, pero no era la primera vez que le sucedía. Es más, era parte de su cotidianidad: comer a deshora comida trasnochada o vencida, o nauseabunda o sobrevolada por horripilantes moscardones verdes que hacían un enojoso zumbido en medio de la noche, mientras contaminaban su lúgubre ración de profesor clase baja y sin empleo fijo.
Volvió a la novela y comenzó a leer, ahora ya como los dioses o la cultura o la maestra o la razón mandan, y su impresión inicial se consolidó: conocía de lo que leía. Pero, no era el simple conocimiento de quien ha leído mucho (todos los libros del mundo, solía afirmar) y halla en medio de una lectura frases hechas, topos, trillados refranes, lugares comunes, citas de frases célebres, parafraseados de grandes autores, o sencillamente ideas que dan vuelta en la nada y que a todos llegan en un momento determinado, sino de un texto propio.
Terminó de un sorbo el café que quedaba en la greca, y aterrado se percató de lo sucedido. Su mente voló a sus días de desenfado juvenil, a su periodo hippie, cuando desencantado de todo y en medio del estupor del cannabis y de la vida libre, lanzó por el bajante de la basura el paquete que contenía su primera novela, al considerar que no servía ni para limpiarse el trasero.
No tenía una copia del mecanoescrito que certificara su versión, ni modo alguno de intentar un reparo legal frente al plagio. De nada valdría que recitara ante un juez fragmentos enteros de la obra. Pero, ¿en realidad era un plagio? ¿Es un ladrón quien toma de la calle algo que otro tiró como desecho y luego lo convierte en una pieza con brillo y valor?
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