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Por padre Javier Gómez Graterol

Soledad versus aislamiento social por padre Javier Gómez Graterol



Soledad versus aislamiento social por padre Javier Gómez Graterol

Dice aquella vieja canción: “Navidad que viene, tradición del año… unos van alegres y otros van llorando”. Dado que es diciembre, y la cercanía a las fechas de celebración en familia, muchas personas dicen sentirse solas. De nuevo toca, entonces, hacer una reflexión sobre esa “epidemia” que estamos confrontando. Soledad y aislamiento social son conceptos relacionados pero distintos. Soledad connota más un sentimiento subjetivo de vacío emocional, mientras que “aislamiento social” revela una situación objetiva de falta de contactos. A partir de aquí habla

Soledad implica más el componente de la percepción personal, de desajuste entre las relaciones sociales deseadas y las reales, a menudo ligada a transiciones vitales o falta de compañía satisfactoria. Lo más cruel de la soledad es que puede ocurrir incluso rodeado de gente, si las interacciones no cumplen expectativas emocionales.

Aislamiento Social: se habla de este término cuando se mide, objetivamente, una red social reducida, cuando la persona tiene pocos o infrecuentes contactos familiares o amistosos, independientemente de cómo se sienta, y factores como vivir solo o distancias geográficas lo agravan.

Hay una soledad que es voluntaria: cuando la persona se cansa de usar máscaras y se decanta por tener relaciones sinceras, y solo se rodea de personas, contadas, por esta misma circunstancias en las que puede sentirse y ser auténtica, sin miedo a ser juzgada y/o criticada. La soledad de la que hablo aquí es una soledad “negativa”. Hay un aislamiento Social surgido de la indolencia, de la discriminación, del rechazo social, los que son, como dijo el papa Francisco, víctimas de la cultura del descarte, y al respecto hizo esta muy punzante reflexión: “Ese aislamiento nos hace perder el sentido de la existencia, nos roba la alegría del amor y nos hace experimentar una opresiva sensación de soledad en todas las etapas cruciales de la vida”, y nos dio luego una muy importante exhortación: “En este cambio de época en el que vivimos, nosotros los cristianos estamos especialmente llamados a hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús. Cuidemos a quienes sufren y están solos, e incluso marginados y descartados. Con el amor recíproco que Cristo Señor nos da en la oración, sobre todo en la Eucaristía, sanemos las heridas de la soledad y del aislamiento. Cooperemos así a contrarrestar la cultura del individualismo, de la indiferencia, del descarte, y hagamos crecer la cultura de la ternura y de la compasión”.

La soledad que se sufre es la que nace de la falta de comprensión por parte de los que nos son cercanos, léase parientes, amigos, compañeros de trabajo, y este tipo de soledad se hace más penosa si proviene de aquellos con los que normalmente deberíamos poder contar más. También es bueno tomar en cuenta en nuestra propia comprensión la gran y dolorosa verdad de que todos nos quieren como pueden, la gran mayoría de las veces, y no de la manera en la que nosotros esperamos que lo hagan.

La Iglesia misma ha hecho su reflexión al respecto y nos señala: “En el mundo secularizado y masificado de hoy, que genera soledad y aislamiento, es, pues, más que urgente volver a proponer y a evaluar el papel de las comunidades cristianas como lugares privilegiados de coparticipación de la fe y de crecimiento en la fe, y como lugares de una sólida experiencia de pertenencia a la Iglesia. Sin el apoyo de una comunidad viva, el cristiano corre fácilmente el peligro de perder el significado de su propia identidad de miembro del pueblo de Dios”.

Tenemos otras reflexiones que podemos añadir al respecto: "Nos has creado para Ti, y nuestro corazón no descansará hasta que descanse en Ti", de san Agustín, el cual es un pensamiento que nos resalta que, por encima de todas las cosas, la verdadera y real soledad es la ausencia de Dios, y sólo se llena con Él).

Otra solución que nos propuso el papa Francisco: “La soledad puede ser una enfermedad, pero con la caridad, la cercanía y el consuelo espiritual podemos curarla”.

Todos podemos hacer algo para combatir la soledad negativa, lo primero que podemos hacer es orar y pedir a Dios que nos agudice la vista para estar atentos a aquellos que la están sufriendo, porque comúnmente, quien la padece, no lo dice, y luego de eso, aplicar las recomendaciones dadas. Dios con nosotros.