Mérida, Agosto Miércoles 05, 2026, 03:35 pm
Recuerdo con claridad una tarde
de mi infancia. Mi madre, con su habitual dulzura y buen humor, me pidió que me
sentara a su lado. No era un momento cualquiera; tenía para mí una historia de
esas que no solo despiertan la curiosidad de un niño, sino que dejan marcado
para siempre el orgullo de saber de dónde venimos.
Ese día me contó parte de algunos
familiares: mi abuela Martha era sobrina de Don Pedro María Parra y prima de
José Humberto Quintero Parra.
Mi abuela Martha, se crio bajo el
mismo techo y compartió sus primeros años con su primo José Humberto. Fueron
años de infancia en el páramo, de juegos sencillos en patios soleados, de
oraciones al atardecer y de una educación basada en el respeto, la fe y la
humildad.
Esa vida juntos duró hasta que la
abuela Martha, siendo muy joven, se casó con mi abuelo Encarnación Salazar. Al
formar su hogar, se entregó por completo a la familia, convirtiéndose con el
tiempo en la madre ejemplar de diez hijos. Mi madre me hablaba de ella con
admiración total: una mujer humilde y noble que dedicó su vida a cuidar de los
suyos, a educar con el ejemplo y a dar amor sin límites.
Mientras la abuela Martha educaba
a sus diez hijos en el calor del hogar, la vida de su primo alcanzó los lugares
más altos del país. Aquel niño con el que jugó en los pasillos de la casa de
Mucuchíes, José Humberto Quintero Parra, entró al seminario y con los años se
convirtió en el primer Cardenal de Venezuela.
Por otro lado, su tío, Don Pedro
María Parra, llegó a ser uno de los hombres más brillantes en el área del
derecho, la política y la economía. De él aprendí una gran lección: cómo un
hombre nacido en el páramo andino escribió páginas fundamentales sobre la
economía de Venezuela. Sus escritos sobre la deuda pública analizaron con
firmeza y honestidad la economía del país, defendiendo siempre la dignidad de
la nación. Además, fue un apasionado historiador que rescató del olvido los
nombres de los jóvenes de Mucuchíes que acompañaron al Libertador Simón Bolívar
en la Campaña Admirable de 1813.
Hoy, al caminar por las calles de
Mucuchíes, entiendo que la verdadera grandeza de este pueblo no está solo en
sus montañas frías, sino en la calidad de su gente. Por un lado, la
inteligencia, el liderazgo y el servicio al país; por el otro, la humildad en
el trabajo diario, el cariño de la familia y el deseo sincero de ayudar a los
demás.
Pero lo más valioso que me enseñó
mi madre es que mi abuela Martha, en su trabajo silencioso del hogar y con sus
diez hijos, demostró la misma grandeza que sus célebres familiares. Su vida me
enseñó que la verdadera nobleza se demuestra día a día en el trabajo honesto,
en el buen consejo y en el amor de la familia.