Mérida, Agosto Miércoles 05, 2026, 03:35 pm
Venezuela atraviesa
una encrucijada sin precedentes, donde la crisis estructural ha alcanzado una
dimensión inédita y espantosa. Más allá de las dinámicas electorales
tradicionales, el país transita por un terreno minado por el marasmo
institucional y la manipulación sistemática. La sociedad se debate hoy entre el
deseo vehemente de un cambio genuino y la trampa de un diseño político hecho a
la medida del régimen y sus colaboradores, quienes han logrado imponer un guion
que busca la perpetuación de sus privilegios.
Nos encontramos
inmersos en una arquitectura donde la inconstitucionalidad y la arbitrariedad
coexisten como la norma habitual. Las modificaciones a conveniencia de las
reglas del juego y la perversión del sistema electoral han construido una
estructura diseñada para garantizar la continuidad del poder a cualquier costo.
La coexistencia de
docenas de partidos inorgánicos, judicializados o alineados con el gobierno
crea una pluralidad ficticia y fraudulenta. Mientras se congela el registro de
cientos de iniciativas independientes y genuinas a lo largo y ancho del país,
las cúpulas inflan un mapa político artificial con la única intención de
distraer, dividir y legitimar las acciones que les benefician en este momento.
Nada de lo que
acontece en el tablero político actual es fortuito. Todo responde a una hoja de
ruta ejecutada por actores promovidos y permitidos por quienes tutelan el poder
real. Ante este escenario, la falta de canales públicos y claros de interlocución
deja a la ciudadanía a la deriva, sumergida en una peligrosa incertidumbre.
La coyuntura exige
señalar con rigurosidad el papel que ha jugado una clase política tradicional.
Aferrada a prácticas y a un historial de componendas y desaciertos, un sector
de la dirigencia ha intentado monopolizar la interlocución, pretendiendo arrastrar
al país a un terreno infértil de pugnas estériles que solo benefician al
centralismo
En un proceso
caracterizado por la apertura constante de nuevos escenarios, es inaceptable
que se pretenda imponer una hegemonía que aspire a controlar y decidir todo a
espaldas de la nación. Los fracasos acumulados por esta cúpula son
abrumadoramente superiores a sus tímidos y casi inexistentes aciertos, por lo
que la dinámica no puede permanecer secuestrada en un callejón oscuro.
Cada acuerdo o ruta
planteada independientemente de sus actores debe ser de cara al país,
ejecutándose de manera pública para que la ciudadanía conozca en tiempo real
cada uno de los resultados convenidos.
El propósito de
esta lectura crítica no es alimentar la confrontación ni descalificar por el
mero hecho de atacar. El objetivo fundamental es equilibrar la participación,
frenar el sesgo centralista y evitar que se siga ultrajando la voluntad
soberana del pueblo venezolano. La sociedad venezolana debe ser respetada,
valorada y resarcida, convirtiéndose en la verdadera protagonista y
articuladora de las soluciones que el país demanda con urgencia.
Garantizar un
cambio duradero no será tarea fácil y requiere una profunda reconstrucción del
Estado. Esto implica el desmantelamiento progresivo pero firme de todo el
entramado legal e institucional construido bajo el modelo socialista, el cual
ha vulnerado las libertades individuales y sofocado el Estado de derecho.
En su lugar, se
debe erigir un marco normativo e institucional que otorgue garantías plenas a
los derechos ciudadanos, asegure un árbitro electoral imparcial y ponga fin a
la arbitrariedad del centralismo.
La salida exitosa
de este laberinto no vendrá de negociaciones a puerta cerrada ni de la
perpetuación de un sistema manipulado, sino de la restitución de la soberanía
popular y de un compromiso irrestricto con la verdad, la justicia y las
libertades democráticas.
Quienes tienen ya
responsabilidades frente a la transición deben tomar como premisa el escuchar y
acatar la voz del pueblo, seguido de la dignificación urgente de la familia
venezolana como prioridad impostergable.
Nuestra nación
requiere de un nuevo pacto social que tendrá su origen en la transición por lo
que el trabajo y las tareas por ejecutar deben ser ejemplarizantes,
moralizantes bajo el esquema de la integración y participación ciudadana.