Mérida, Agosto Viernes 14, 2026, 01:54 pm
«En resumen, comprendí que el lenguaje de los cabellos largos no expresaba ya “cosas” de izquierda, sino algo equívoco, derecha-izquierda, que hacía posible la presencia de los infiltrados […] Derecha e izquierda, físicamente, se han fundido.»
—Pier Paolo Pasolini, Escritos corsarios
En 1975, cuando Pasolini publicaba estas palabras, la moda de los melenudos —entre quienes altivamente figurábamos quien esto escribe y muchos de sus amigos— ya se había extendido hasta uniformar a buena parte de la juventud. Habían quedado atrás los tiempos en que quienes insurgían con su cabellera contra las tradiciones compartidas por el estudiantado eran expulsados simbólicamente de la “respetabilidad”: hasta desde los autobuses universitarios recibían una lluvia de insultos.
Pero Pasolini advertía algo mucho más profundo que una cuestión de apariencia. Desde el Mayo Francés y las protestas de los estudiantes estadounidenses contra la guerra de Vietnam, ciertos signos de la contracultura juvenil habían sido absorbidos por movimientos políticos de muy distinta orientación. El cabello largo, la indumentaria y la actitud rebelde dejaron de identificar una determinada posición ideológica. La imagen exterior comenzó a borrar las fronteras entre izquierda y derecha.
Aquella confusión no era inocente. El culto a la acción por la acción, el desprecio por la reflexión y la exaltación de la violencia como instrumento político podían convivir con discursos de justicia y emancipación. Lo que parecía radicalmente progresista podía terminar adoptando comportamientos propios de las culturas políticas más autoritarias.
Basta recordar la imagen del Che Guevara, convertida en ícono juvenil y reproducida hasta el cansancio en franelillas, carteles y murales. Su rostro, rodeado por la romántica cabellera de la época, terminó simbolizando para muchos jóvenes rebeldía, justicia y libertad. Sin embargo, detrás del mito también hubo una concepción de la violencia revolucionaria que difícilmente puede conciliarse con esos ideales.
Así comenzó una peligrosa homologación: los legítimos anhelos de justicia y bien propios de tantos corazones adolescentes podían mezclarse con la violencia convertida en lenguaje de sórdidos proyectos de poder. El activismo progresista fue perdiendo, en algunos casos, identidad y discernimiento, hasta quedar expuesto a manipulaciones de intereses partidistas, económicos o financieros capaces de exacerbar las pasiones reivindicativas y conducirlas hacia una reacción ciega y destructiva.
Lo hemos visto repetirse en distintos lugares y bajo diferentes consignas. Protestas nacidas de reclamos legítimos han terminado en incendios, saqueos y destrucción del patrimonio común. París, Barcelona, Santiago de Chile, Argentina, Ecuador y también Venezuela han conocido episodios en los que la protesta dejó de ser una expresión ciudadana para convertirse en violencia colectiva.
En Venezuela, durante las protestas de 2014 y 2017, muchos jóvenes se enfrentaron a los cuerpos de seguridad con un arrojo impresionante y, en no pocos casos, con escasa formación política o estrategia definida. Algunos pagaron con la vida. Otros terminaron destruyendo bienes públicos y privados que pertenecían, precisamente, a la sociedad por cuya transformación decían luchar. No se puede ignorar la represión sufrida, pero tampoco convertir toda violencia en virtud por el solo hecho de proceder de una causa que consideramos justa.
Ese es quizá el problema central de la fusión de derechas e izquierdas que Pasolini intuyó: cuando desaparecen las ideas y solo permanece la acción, los extremos pueden terminar pareciéndose mucho. El fanatismo no tiene una ideología exclusiva. La violencia tampoco.
En la compleja e impredecible situación actual, Venezuela no está exenta de nuevos brotes de perturbación. La desesperación, la frustración y la incertidumbre pueden convertirse nuevamente en combustible para quienes encuentren en el caos una oportunidad de quienes buscan recuperar protagonismo o satisfacer intereses particulares.
Por eso es necesario prestar atención, especialmente a los jóvenes. No para descalificar su rebeldía, que puede ser una fuerza saludable de renovación, sino para ayudarles a distinguir entre compromiso y manipulación, entre valentía y temeridad, entre protesta y destrucción.
Pasolini concluía su reflexión llamando a los jóvenes a liberarse del «ansia culpable de atenerse al orden degradante de la horda». Hoy podríamos añadir que también necesitan liberarse de la fascinación por la horda misma: de esa masa que sustituye el pensamiento por el grito y la responsabilidad por la reacción.
Una sociedad que aspira a progresar necesita jóvenes capaces de indignarse, sí, pero también de pensar; capaces de rebelarse ante la injusticia, pero sin entregar su conciencia a quienes convierten la violencia en instrumento. Porque cuando derechas e izquierdas se funden en la pura exaltación de la acción, lo que desaparece no es solamente una diferencia política: desaparece la posibilidad real de construir algo distinto.