Mérida, Agosto Miércoles 19, 2026, 08:37 am
En mis años de estudiante en la
Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, tuve el privilegio de presenciar
cómo la verdadera sabiduría prescinde de la estridencia. Bastaba escuchar a
profesores de la talla de Rafael Quintero Moreno, José Luis Malaguera, Alfonso
Sánchez, o Abdón Sánchez para comprender que la autoridad no se impone
con el volumen de la voz ni con la prisa del discurso, sino con el peso justo
de las palabras. En cada una de sus clases, la parsimonia emergía como una
virtud humana y pedagógica: una capacidad entrañable para desmenuzar lo
complejo con paciencia quirúrgica. En ellos entendí, por primera vez, que la
serenidad es el reflejo visible de un pensamiento profundo.
Lo que en las aulas nació como
una lección académica cobró su dimensión más real en el ejercicio profesional y
en el transitar por la vida pública. Al observarlos en el foro judicial
comprendí que la parsimonia no era una pose, sino una filosofía de vida, y los
que conocen al doctor José Francisco Rincones, "El Poeta Paraima",
saben de lo que estoy escribiendo. Ver a hombres de esta estirpe conducirse
ante los tribunales, con el temple de quien no necesita sobreactuar para
hacerse entender, dejaba una huella indeleble. La verdadera maestría no reside
en arrollar al adversario con ráfagas de elocuencia vacía, sino en la solidez
del argumento expresado con aplomo.
En el ámbito del ejercicio legal,
esta enseñanza se vuelve un deber ético. El derecho moderno, sumergido con
frecuencia en la inmediatez y la vorágine procedimental, tienta constantemente
al abogado a responder con prisa, a reaccionar antes que a reflexionar. Sin
embargo, el impulso apresurado suele ser presa del sesgo o de la provocación.
En cambio, aprender a escuchar más de lo que se habla, observar los vacíos con
serenidad y actuar solo cuando la razón es incontestable, es un acto de
responsabilidad profunda.
La justicia requiere de pausas
deliberadas. Un expediente no se desentraña con la prisa del ansioso, sino con
la mirada escrutadora y pausada del cirujano. En el foro y en la vida, la
precisión no es solo efectividad; es respeto hacia el otro, hacia la contraparte
y, fundamentalmente, hacia la verdad que se busca tutelar. Cuando un
profesional del derecho actúa desde la templanza, transforma el debate en un
ejercicio de altura intelectual, alejando el pleito del fango de la
visceralidad.
Elevar la parsimonia a la
categoría de arte transforma la existencia personal. Simplemente es cuidar la
energía vital para lo que verdaderamente importa, evitando que las
tribulaciones menores nos roben la paz. En una sociedad marcada por la cultura
del ruido y la urgencia desmedida, cultivar la templanza se convierte en un
acto de resistencia silenciosa. Nos permite transitar los conflictos cotidianos
con una perspectiva mucho más amplia, discerniendo con claridad lo trascendente
de lo efímero.
De aquellos maestros aprendí que
la vida se vuelve sustancialmente más humana y plena cuando descubrimos que la
verdadera elegancia del pensamiento habita en la serenidad.
Al mirar en retrospectiva el
camino recorrido desde aquellas aulas universitarias, reafirmo que las mejores
lecciones no quedaron escritas en los libros de texto, sino en la actitud de
quienes nos enseñaron a pensar. Aquellos profesores y juristas no solo nos
entregaron herramientas conceptuales para la praxis del derecho; nos legaron
una postura ante la vida. Una forma de caminar erguidos sin prisa, de hablar
con sustancia y de recordar siempre que la fuerza del espíritu no habita en la
vehemencia del grito, sino en la calma inquebrantable de la razón.