Mérida, Septiembre Viernes 18, 2026, 05:29 am
Con frecuencia, al analizar la
situación institucional del Colegio de Abogados del Estado Mérida, se suele
caer en simplismos peligrosos. Se atribuye la prolongada ausencia de renovación
directiva a una supuesta apatía generalizada del gremio, a un desánimo profundo
o a simples entramados de orden estrictamente legal. Sin embargo, un análisis
riguroso de la realidad revela que el verdadero nudo gordiano no radica en la
voluntad de los profesionales del derecho, sino en una variable mucho más
pragmática y silenciada: la disponibilidad presupuestaria y financiera para
gestionar el proceso electoral.
Organizar, desplegar y garantizar
un proceso electoral gremial transparente, moderno y accesible en las actuales
circunstancias económicas de Venezuela no es un ejercicio gratuito; demanda
recursos logísticos, tecnológicos, operativos y de infraestructura que hoy
superan con creces las capacidades de caja de una institución mermada. Ante
este panorama, surgen dos preguntas muy puntuales con respuestas sin mareos y
tangibles ¿Quién va a dar ese aporte? ¿Cómo se instrumentará financieramente?
Las semanas transcurren con una
precisión implacable. El tiempo, en este ajedrez institucional, se convierte en
el mejor y más fiel aliado de aquellos sectores que prefieren que el evento
electoral sencillamente no ocurra, apostando al desgaste económico y a la
normalización de la omisión institucional.
Un colegio profesional que no
renueva sus autoridades pierde su brújula moral y su capacidad de
interlocución. La Junta Directiva del Colegio de Abogados del Estado Mérida
arrastra un déficit de vigencia que corroe la legitimidad de cualquier postura
gremial que intente asumir ante la opinión pública. La alternancia no es un
capricho político ni una ambición de parcelas; es una garantía biológica e
institucional de salud asociativa.
Mantener directivas prorrogadas
indefinidamente genera un aislamiento nocivo entre el liderazgo formal y las
nuevas generaciones de abogados que caminan los tribunales, enfrentan las
complejidades del ejercicio libre o bregan con las dificultades operativas del
sistema de justicia. Se requiere una directiva con mandato fresco, respaldada
por las bases, capaz de negociar con temple, de abrir las puertas de la
institución y de rescatar el sentido de pertenencia de un gremio que observa
con frustración la atrofia de su casa natural. Sin una inyección de liderazgo
legítimo, el colegio se reduce a una sigla vacía, incapaz de defender los
intereses económicos, sociales y profesionales de sus agremiados.
Reflexionar sobre la renovación
directiva obliga, necesariamente, a repensar el papel que desempeña el abogado
en la Venezuela contemporánea. Lejos de la imagen tradicional del profesional
de escritorio o del litigante de códigos bajo el brazo, el abogado venezolano
de hoy se ha transformado en un sobreviviente y un estratega de la resiliencia
institucional.
Ejercer el derecho en un entorno
de constante tensión jurídica, donde las normas adjetivas y sustantivas sufren
vaivenes extraordinarios, exige un compromiso ético monumental. El abogado
actual no solo postula, interpreta y defiende; actúa como un amortiguador
social frente a la indefensión de los ciudadanos. No obstante, este rol
protagónico contrasta dolorosamente con la precariedad del ejercicio
profesional: honorarios pulverizados por la hiperinflación, traslados complejos
y una seguridad social inexistente para el gremio.
En este contexto, un Colegio de
Abogados operante y legítimo no debería ser un lujo decorativo, sino la
trinchera principal de defensa del ejercicio libre, un centro de actualización
académica constante y un muro de contención frente a las arbitrariedades que
menoscaban el estado de derecho.
El tiempo corre y juega a favor
de quienes temen al veredicto de las urnas. La coartada del presupuesto no
puede seguir siendo la excusa perfecta para perpetuar la inacción. El rescate
del Colegio de Abogados del Estado Mérida pasa, ineludiblemente, por un gran
acuerdo financiero y logístico donde confluyan la voluntad de los agremiados,
la cooperación institucional transparente y el compromiso real con la
democracia gremial.
Los abogados de Mérida no
necesitan gestores de silencios, sino líderes dispuestos a asumir el reto
económico y político de convocar, integrar y renovar. Si el tiempo es el aliado
de los que temen el cambio, la unidad y la exigencia de transparencia deben
convertirse en el detonante inexcusable para que las elecciones dejen de ser
una promesa aplazada y se conviertan en una ineludible realidad.