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LA VERDAD DEL ASUNTO

El negocio mundial que vive de los llamados «derechos de los animales»

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El negocio mundial que vive de los llamados «derechos de los animales»


MUNDOTORO

 

De un tiempo a esta parte, el relato obliga a masticar una piedra diciendo que es blanda y proteica. El relato dice que los animales tienen derechos desde el punto de vista legal, moral y filosófico, es decir: la piedra es blanda y rica en proteínas. El punto de partida de este relato nace de las reformas sobre legislación de bienestar animal de la última década, cuando los animales comenzaron a ser considerados como «seres sintientes». Que sienten. Una consideración que ha sido usada para traducir «ser sintiente» por “ser consciente y conciente». No hay estudio científico alguno, legislación alguna, estudio científico, moral alguna ni corriente filosófica en la historia que concluya que el animal es un ser «consciente» ni «conciente». Pero el relato ha hecho que, al animal, sobre todo a la mascota, se le considere ser consciente y, por tanto, portador de derechos como los derechos humanos.

 

En el Derecho Romano, los animales no eran considerados seres sintientes, sino cosas (res) de carácter patrimonial

 

¿Qué es ser sintiente? Un ser vivo capaz se sentir frío, calor, hambre, sed, buen trato, mal trato… Es innegable que los animales sienten. La legislación moderna occidental dio un paso de gigante al reconocer a los animales su ser sintiente. La legislación seguía anclada en la tradición del derecho romano «cosificaba» al animal como un mero objeto móvil. En el Derecho Romano, los animales no eran considerados seres sintientes, sino cosas (res) de carácter patrimonial. Se clasificaban principalmente como bienes muebles semovientes (capaces de moverse por sí mismos) o como res mancipi (bienes de gran valor para la familia, como bueyes o caballos de tiro).

 

Con esta consideración, el trato y manejo del animal era un trato desafectivo y sólo productivo. Lograr un uso, manejo y trato diferencial con todo animal, observando que sienten, es un avance lógico y obligado. Pero usar las nuevas consideraciones y legislaciones para convertir al animal en lo que no es, un ser consciente, es una trampa. Un relato que sirve a una estrategia de intereses de todo tipo. ¿Por qué es fundamental dejar claro que la consideración legal es la de un ser vivo que siente, pero que no es consciente ni consiente?

 

¿Qué es «ser sintiente”? Un ser vivo capaz se sentir frío, calor, hambre, sed, buen trato, mal trato… Es innegable que los animales sienten. La consciencia es la capacidad de percibir el entorno, reconocer la propia existencia, procesar pensamientos y sensaciones, y juzgar los actos desde un punto de vista moral. Es el estado de vigilia y el mundo subjetivo interior que permite a un ser darse cuenta de sí mismo y de la realidad. De esta cualidad que sólo poseen los seres humanos parte el sentido de transcendencia: saber que vanos a morir, que el familiar muere, que el tiempo es finito…, saber que hay que producir, investigar, crear arte, preguntarse, dotar a la vida que es corta, de una razón de ser. Por eso los lazos, los afectos, los idiomas, la música, el toreo…. Por eso el humanismo como civilización.

 

Hay un interés probado, muy real, para dotar al animal de derechos

 

Un ser sintiente, un animal. No tiene obligación alguna, precisamente por no ser consciente ni tener conciencia. El ser consciente y con conciencia tiene obligaciones o deberes precisamente por serlo. El humanismo creó normas de derecho y leyes y constituciones precisamente para decir que los derechos son inherentes a las obligaciones. La libertad de un individuo, su salud, progreso, felicidad, tiene límites obligados en la libertad del ser humano de al lado. Normas y leyes. Hay un ejemplo más claro: a causa de su conciencia, el ser humano es el único ser vivo que usa el suicidio como herramienta final de su infelicidad. Por mucho que el relato insista en la pena del suicido de una ballena varada en la playa, no hay suicidio. Para que exista el suicidio, se requiere la conciencia de la propia muerte y la voluntad deliberada de terminar con la vida, algo que los animales no poseen.

 

Hay un interés probado, muy real, para dotar al animal de derechos. ¿Por qué? ¿Acaso las sociedades se convirtieron en los altruistas más sensibles y, por un caso de híper sensibilidad decidieron que un toro o un pulpo han de tener los mismos derechos que un ser humano? ¿Cuándo hablamos de derechos para los animales, a que animales nos referimos? ¿A los animales salvajes en libertad? ¿A los de productividad? ¿A las mascotas? ¿A quién interesa conceder esos derechos humanos? ¿Qué tipo de animal tiene una vida y desarrollo sofisticado para abundar en sus derechos? La respuesta es clara.

 

La biomasa mundial combinada de los perros y gatos domésticos es de aproximadamente 25 millones de toneladas

 

La biomasa mundial combinada de los perros y gatos domésticos es de aproximadamente 25 millones de toneladas. Las mascotas perro suman una biomasa estimada de 20 millones de toneladas. Esta impresionante cifra equivale al peso combinado de todos los mamíferos terrestres salvajes que quedan en el planeta. Los gatos mascota suman cerca de 2 millones de toneladas. Aunque pesan mucho menos que los perros, su biomasa global es casi el doble de la de todos los elefantes de sabana africana. Son datos de un riguroso estudio publicado en la revista científica PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences).

 

La huella ecológica de las mascotas a nivel mundial tiene un impacto significativo y creciente, impulsado principalmente por la enorme demanda de recursos para fabricar su alimento, la gestión de sus desechos y su presión sobre la fauna loca, según estudios científicos publicados en revistas como ScienceDirect y Nature. La producción de alimento seco para mascotas genera entre 56 y 151 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año. Esto representa entre el 1,1% y el 2,9% de todas las emisiones agrícolas del planeta, una huella climática equiparable a la de países enteros como Filipinas o Mozambique.

 

La industria del alimento para mascotas absorbe anualmente entre 41 y 58 millones de hectáreas de tierra agrícola para cultivar sus ingredientes y pastizales. El agua dulce destinada globalmente a la agricultura para este fin oscila entre los 5 y 11 km³ anuales. Las mascotas liberan millones de toneladas de heces y orina al año, cargando los suelos urbanos y las fuentes de agua con exceso de nitrógeno y fósforo, alterando la química ecológica local a niveles similares a los de granjas ganaderas medianas. Solo en Norteamérica, los juguetes, accesorios y empaques plásticos para mascotas generan alrededor de 136 millones de kilos. Este esquema es revelador:

 

Mascota / indicador

Emisiones de CO2 promedio

Equivalencia estimada

Gato domestico

310 kg CO2 e

Conducir un auto compacto por 4 meses

Perro mediano / grande

770 kg a 2500 kg de CO2 e

Recorrer 10.000 km en un vehículo todo terreno

 

Preguntemos de nuevo. ¿A qué clase de animales se les pretende dotar de derechos humanos? ¿Por qué razón se les quiere dotar de esos derechos? ¿De qué derechos hablamos? ¿Alimentación, sanidad, cuidado…? Paralelo a las nuevas legislaciones de bienestar animal, los centros veterinarios (salud de mascotas) en el mundo suman alrededor de 150.00 centros. Países como España cuentan con unas 6.700 clínicas veterinarias para sus más de 27.000 profesionales colegiados. España cuenta con un total de 848 complejos u hospitales en funcionamiento según los informes del Catálogo Nacional de Hospitales elaborados por el Ministerio de Sanidad.

 

Con esta realidad, ¿qué más necesitamos para advertir que no se trata de salvar al elefante marino ni al lémur de los árboles? Se trata de hacer más humanos a las mascotas. Más humanos igual a más alimentación, más sanidad, más cuidados, más centros de atención de todo tipo… Más negocio de un negocio cuya facturación mundial se estima en 300.000.000.000 de dólares, que representan un 3% de todo el gasto sanitario mundial o el 18% del PIB de España.





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