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Don Antonio Guillén, el griego por Ramón Sosa Pérez

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Por Ramón Sosa Pérez



El curioso apelativo debo adosárselo a quien escuché hablar con tal oficio de la cosmogonía griega que creí hallarme reasentado en el sugestivo tiempo y espacio del mundo antiguo. El episodio viene a cuento para citar una de mis frecuentes visitas a los pueblos del sur merideño y mientras devoro las leguas del camino surgen paisajes, rostros diversos y el variopinto horizonte que dibuja trazas surandinas.

En uno de esos recorridos, abstraído en el atado de recuerdos, el vehículo se detuvo en un casual parador donde el viajero se aprovisiona antes de proseguir ruta. De bocas a mano, un inopinado lugareño recibía al viandante en lenguaje sencillo que a nadie extrañaba. Se trata de un hombre curtido en el campo, del que muy pocas veces ha salido aun cuando se reconoce trotamundos impenitente.

Del caso hace años ya y entonces tenía  sus referencias pero no lo había hallado antes. Seguí su cavilación erudita y poco común en estos parajes del sur. Aparté el libro que portaba para guardarlo en mi porsiacaso y aguzo el oído esquivando su mirada escrutadora. El hombre de marras va de uno a otro tema, hilvanando con elocuencia los detalles hasta hacerlos analogía con el presente desde un verbo pausado e inconcuso.

Don Antonio Guillén,  que así se llama, se detiene en la civilización griega para desmenuzar los retazos de una lectura depurada, sin advertir que en sus escuchas puede haber quienes dominen la compleja civilización y sus aportes al mundo. Escucharlo desglosando con omnisciencia a su desemejante auditorio hasta llevarlo al Banquete de Platón, fue prodigioso.

Al citar los protagonistas del célebre diálogo, envidié ser concurrente de aquel condumio de sabiduría. Don Antonio hace juicios con tanta cercanía que hasta pareciera fantasear. Refiere que Sócrates fue educado para el amor por Diotima y se permite dudar de su existencia, motivando mi idea del montañés que nos mantiene atónitos con su saber.

Un parroquiano indaga presto el origen de su facundia y entonces refiere, sin abandonar la imperturbabilidad del momento, que su hallazgo primero ocurrió en Buenos Aires donde se topó la obra completa de Platón, juzgándola como pieza literaria y “como junta pesaba más de 5 kilos, la leí y la dejé en el hospedaje”.

Un par de rústicas banquetas, desbastadas con hachuela en el banco de algún bisoño ebanista, sirve de mueble a sus contertulios en la llamada Casa de Piedra, en Las Nieves, exótico lugar cercano al Filo de Los Aserruchos que hace oportuno cruce de caminos a la aldea El Guayabal de Santa Cruz de Mora o al atajo Las Coloradas.

Casa de Piedra abrevia en su nombre los recios guijarros que en forma de canto ciñen la generosa morada, construida a pulso y figura del mismo Don Antonio, combinando reciedumbre, firmeza y placidez natural hasta hacer del enclave donde se emplaza un señero parador para el ocasional viandante.

Su selecto auditorio, que alcanzó media docena de lugareños, sumaba ahora 2 forasteros que oíamos diligentes su lección, explanada en los nombres de Erixímaco, Sócrates, Agatón, Aristófanes, Apolodoro o Alcibíades, presentes en la mesa griega discutiendo sobre el eros como motivación para perswguir la realización humana. 

Don Antonio Guillén creció en medio de la fragosa montaña sureña desde las faenas que la cotidianidad le acercó por generaciones con la frecuencia franca al pozo de la sabiduría universal. Es lector riguroso con favor por la historia y la geografía, aprendidas en fugaces estancias y trabajos ocasionales que tomó en su juventud. 

Los viajes, nos cuenta, han sido franquicia para lograr conocimientos, ya desde las incontables páginas que lee con fruición o las oportunidades aprovechadas para recorrer lugares más allá de la frontera patria. Volvió sus pasos a Argentina y más tarde conoció a Portugal regodeándose de tantas maravillas europeas que pudo admirar.

Nos hemos encontrado otras tantas veces y en la tertulia valoro su saber universal aun cuando su formación académica fue limitada. A sus más de 90 años de edad viaja solo, sin más atavío que su memoria milagrosa para captar al dedillo conversas, rostros, paisajes, imágenes, experiencias que recrea luego con admirable ilustración. 
 
Da gusto escucharlo en su sapiente verbo infiriendo las reacciones ante tal o cual episodio bélico de Alejandro, Bolívar, Pedro El Grande, coligiendo la potencia de la Rusia zarista o el poderío histórico de los árabes. Así como el forraje silvestre crece membrudo en la pradera sureña, Don Antonio Guillén agranda su diaria pericia entre los libros que atesora.

Ensimismado en la escucha pensé en el poeta Adelis León, en el filósofo Máximo Briceño y en mi amigo Mariano Nava, tan cercanos al mundo griego por sesudas lecturas, que al estar presentes habrían gozado la erudición de mi paisano que solo viaja entre libros, fundando desde su hogar idílico un mundo al calco de los arquitectos de la civilización helena. 





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