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“Perdimos todo, pero estamos vivos”, vecinos de El Junquito

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La respuesta inmediata ante el desastre no provino de los cuerpos de seguridad, sino de los propios residentes que comenzaron a remover los escombros con sus manos.


Los equipos de rescate llegaron cinco horas después del sismo, según denunciaron los vecinos

José Javier Quintero se encontraba en su trabajo, ubicado a una cuadra de su casa en la Calle Real de El Junquito, en Caracas, cuando sintió el estruendo del desplome de su hogar provocado por el doblete sísmico que afectó a Venezuela el 24 de junio. El hombre, que trabaja en un restaurante en el pueblo turístico caraqueño, estaba con su hija al momento de los terremotos y, al ver el desplome de su vivienda, no dudó en dejarla bajo el resguardo de una sobrina y corrió de regreso a la estructura destruida.

Su esposa y su hijo, Yosmer Quintero, quedaron atrapados bajo las vigas y los bloques en el área de la escalera del inmueble.

La respuesta inmediata ante el desastre no provino de los cuerpos de seguridad, sino de los propios residentes que comenzaron a remover los escombros con sus manos.

“Con las manos sacamos a los sobrevivientes y a nuestros muertos. Aquí el pueblo unido fue el que respondió”, dijo.

El auxilio oficial tardó horas en presentarse en el sitio del siniestro, por lo que la comunidad asumió la contingencia. “Las autoridades llegaron como cinco horas después, pero, entre todo el pueblo unido, pudimos sacarlos”, afirmó Quintero. 

Durante esa espera, los vecinos confirmaron el fallecimiento de una residente del edificio y de una conocida que venía huyendo del temblor desde el pueblo; ambas quedaron atrapadas junto a una niña bajo las ruinas de la panadería Junko Pan.

Quintero, quien trabajaba en un restaurante de cochino frito y cachapas para turistas, se trasladó temporalmente a la localidad de Carayaca, un pueblo ubicado en las montañas del estado Vargas, para quedarse en casa de sus sobrinos tras el desplome de la edificación, donde habitaba con otras 12 personas. 

“Quedé golpeado, con rasguños. Perdimos todo, pero lo importante es que estamos vivos”, manifestó, al tiempo que reportó el colapso de unas 10 viviendas en la calle Real y la falta de inspecciones técnicas de los bomberos o Protección Civil en las casas que siguen en pie.

Exigencia de evaluaciones técnicas

Isabel Mujica, de 55 años de edad y vecina de la calle La Colina del kilómetro 23 de El Junquito, vio cómo los sismos derrumbaban varias casas en el barrio La Toma y edificaciones en el pueblo, lo que obligó a los residentes a desalojar de emergencia. 

Ante la falta de transporte oficial o planes de evacuación en su zona, la mujer y los suyos tuvieron que movilizarse para ponerse a salvo. Actualmente, Mujica está damnificada en un parque público de la localidad junto a un grupo de 15 personas de su mismo sector. Están durmiendo en carpas.

Los afectados se encuentran a la intemperie en este espacio abierto, subsistiendo gracias al apoyo de los voluntarios que les han llevado, comida, ropa, carpas, entre otros insumos, pero la incertidumbre sobre el futuro de sus hogares los tiene preocupados. 

“A nosotros no nos trasladaron hasta acá; nosotros nos vinimos por nuestros propios medios. Lo que nosotros pedimos es que vengan a inspeccionar las casas para saber si las podemos seguir habitando. Hay gente que nos ha venido a apoyar con comida, pero no nos han dicho nada, solo que no la podemos habitar”, declaró Mujica.

La inacción de las autoridades locales durante las horas críticas aumentó la indignación de quienes perdieron sus techos en la calle Real y en el barrio La Toma. Los sobrevivientes denunciaron que las comisiones policiales que llegaron al perímetro se mantuvieron al margen de las labores de auxilio, dejando todo el peso del trabajo físico sobre los hombros de la propia comunidad afectada. 

“Ellos lo que hacían era ver y comerse los helados que saquearon de la panadería que colapsó”, aseguraron al equipo de Efecto Cocuyo.

Durante el recorrido por el sector destruido, se evidenció la disparidad entre la labor comunitaria y la pasividad de los cuerpos de seguridad del Estado. Los trabajadores de limpieza de la Alcaldía de Caracas eran los únicos que retiraban los bloques y la tierra de forma manual frente a los edificios colapsados. A pocos metros de la escena, un grupo de aproximadamente ocho funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y cinco efectivos de la Guardia Nacional permanecían sentados observando las tareas sin intervenir.

Retiro de maquinaria privada paraliza despeje en La Toma

William Briceño, de 37 años de edad y habitante del kilómetro 23, describió la paralización de los trabajos de limpieza en el barrio La Toma. Los equipos pesados que comenzaron la remoción pertenecían a una empresa privada, pero la falta de apoyo logístico estatal detuvo las operaciones en las vías principales del sector.

“Las máquinas que estaban ahí eran de una empresa privada. El gobierno se estaba atribuyendo un trabajo que no era de ellos, así que la empresa recogió su maquinaria y se fue; ellos solo estaban aportando esa ayuda. Desde que se fueron, nadie más ha llegado por aquí. Además no tenían combustible y el gobierno no los ayudó con eso “, relató Briceño.

Los afectados de esta comunidad tampoco han recibido atención ni evaluaciones de habitabilidad en sus viviendas por parte de los organismos de rescate locales. “El gobierno no ha venido a hacer inspección de nada, de nada. Por lo menos a esta gente que está aquí (albergue) no han venido ni a verle sus casas. Ni siquiera se han acercado a mirar; solo hemos sido atendidos por la misma comunidad”, criticó el residente.

El saldo de fallecidos en El Junquito incluyó a cuatro personas, dos adultos mayores, una mujer y una niña. Briceño confirmó que los escombros siguen en el sitio sin que las autoridades ofrezcan soluciones para los edificios afectados. 

“Eso está ahí tirado todavía esperando para ver si llega el gobierno a alguien para empezar a recoger ese escombro, botarlo o para ver qué pasa con los edificios”, concluyó.

Restricciones en refugios formales

Mauri Crusco, habitante de la comunidad del Gran Hotel en el kilómetro 23 de El Junquito, forma parte de un grupo de 20 familias que llevan 16 años en la espera de una adjudicación de una vivienda digna. El doble sismo comprometió severamente las bases de la vieja edificación donde residían, obligándolos a levantar un campamento improvisado en los alrededores. 

Por temor a un derrumbe definitivo, los vecinos decidieron instalarse en carpas mientras se estabiliza la situación.

“Aquí estamos refugiadas 20 familias. Por las condiciones en las que están las estructuras del hotel, que tiene muchos años construido, y, por miedo, nos refugiamos en carpas mientras pasa toda esta tragedia”, expresó Crusco.

A diferencia de otros sectores de la parroquia, este grupo reportó la presencia de autoridades y la recepción de ayuda básica, lo que les ha permitido compartir insumos con sectores agrícolas cercanos que también resultaron afectados. Sin embargo, Crusco señaló que requieren toldos adicionales y lámparas recargables para sostener el campamento improvisado en el exterior.

“Nosotros estamos esperando la inspección por parte de los bomberos y vea las estructuras porque ese hotel fue construido aproximadamente hace 70 años, pero no podemos estar allí porque sufrió grietas”.

Una realidad distinta se vive en las instalaciones de la Universidad Experimental para la Seguridad (Unes), ubicada en la misma zona de El Junquito, donde permanecen refugiadas 20 personas afectadas por los temblores, incluyendo a nueve niños con sus representantes. 

En este centro de formación policial, un oficial de la institución, quien no se identificó, impidió obtener declaraciones de los refugiados argumentando que por órdenes de la alcaldesa Carmen Meléndez no se podía establecer conversación con las personas que se encuentran en el lugar.

Con información de Efecto Cocuyo





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