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Por Ricardo Gil Otaiza

De lo conspiranoico por Ricardo Gil Otaiza



De lo conspiranoico por Ricardo Gil Otaiza

Emma deseaba que su realidad se pareciera a lo que leía en las novelas de amor —a las que era adicta desde niña—, mientras que su familia y sus amigos la miraban con ojos perplejos, desencajados, porque notaban que un extraño suceso se daba en su cabeza, ya que mientras ellos trabajan la huerta con enorme esfuerzo para poner comida sobre la mesa y así mantener con cierto decoro a los suyos, ella se perdía en las páginas de los libros —que sacaba con rigurosa solemnidad de la biblioteca del pueblo dos o tres veces por semana—, y leía con arrobo, como perdida en el ensueño: hundida quizás en la fantasía de mundos idílicos y perfectos, que cada autor describía con prolija y dulzona prosa.

(El mundo real de Emma era bastante tosco, urgido por los rigores de un siglo oscuro, plagado de atavismos y lugares comunes, y a lo que más podía aspirar una mujer como ella, con su vivacidad y talento lector, era a soñar, porque la verdad sea dicha: las mujeres de su clase no tenían más opción que buscar un hombre que las mantuviera a cambio de convertirse en sus propias sombras: ser madres de muchos hijos, cuidar de la casa, limpiar, lavar y cocinar; amén de fingir una felicidad que estaba muy lejos de su sentir).

Bueno…, tampoco era que a Emma le fuera mal en la vida —como a tantas otras de su generación—: se había casado con un médico que decía amarla (o la amaba con sinceridad, nunca se sabrá con certeza) y eso le daba cierto estatus entre la gente, pero su esposo no era lo que podría llamarse un hombre simpático, alegre y conversador; todo lo contrario: casi todo el día (amén de muchas noches) estaba de cabeza en la consulta médica o atendiendo urgencias en los caseríos aledaños —que casi nada le reportaban en cuanto a dinero y holgura familiar—, y su carácter era sencillo al extremo, introvertido, y a veces hosco, amén de ser un hombre gris, sin metas ni grandes pasiones (conforme con su mediocre existencia), lo que generaba una brecha importante entre las jóvenes expectativas de su mujer, y la realidad de su vidas y del matrimonio.
Ella era las antípodas de su marido: afable, soñadora, impetuosa, sensible y apasionada, y cuando se casó creyó que tendría una vida de lujos, placeres, viajes y disfrute social, pero nada de eso ocurrió y de pronto se vio sumergida en una existencia rutinaria y provinciana, anclada en los vaivenes de un contexto controlador y rígido, monótono y pacato, que no veía bien sus “aires de princesa” (como comentaban los vecinos en voz baja), y creían estar conviviendo con una libertina a quien nada le importaban los convencionalismos y las usanzas de entonces, pensados para el sometimiento y la sumisión.

No pasó mucho tiempo para que Emma se percatara de que era infeliz, y si bien había parido una hija que le alegró los días, la oscuridad y la amargura fueron mayores, entonces quiso amortiguar la frustración con la lectura, pero cada libro que leía la azuzaba al cambio al punto de la mortificación, y muy pronto dio un paso que jamás pensaría que pudiera dar: engañar a su marido. Sabía, porque tonta no era, que aquello era de entrada una condena de llegar a descubrirse, pero su ímpetu y pasión eran mayores a la cordura que se esperaba de ella.

El marido lo intuía, pero callaba, prefería seguir instalado en la comodidad de sus días iguales: la consulta, las emergencias, el llegar a casa muy cerca de la medianoche y conseguir a su mujer sentada en la poltrona, leyendo una novela de amor a la luz del quinqué, se saludaban con distante frialdad y cada cual seguía con lo suyo: inmutable, silencioso, como si fuera presa de su propio destino. Habían optado, sin acuerdo previo, y en aras de la paz (a veces perturbada por la discusión), hacerse de la vista gorda, asumir que todo era parte del paisaje, que la vida no tiene una sola tonalidad de gris sino los inevitables claroscuros.

Él la amaba, pero su amor carecía de pasión, y era fiel a pesar de que su mujer no le correspondía en la cama, y ella lo sabía y en algunos momentos de su turbulenta existencia lo reconoce y se conmueve, pero eso no bastaba, la pasión la desbordaba, su cuerpo y sus ansias eran mayores a la tenue calma del amor maduro y frío de su esposo.

Emma no era un dechado de virtudes y se consideraba una pésima madre, sabía que no le prestaba la debida atención a la niña, como si tuviera la culpa de su desgracia, como si fuera el fruto de lo prohibido; como si aquella criatura patentizara en sí misma el freno a sus ansias de aventuras, y lo era, en muchos sentidos, porque tenía que cuadrar muy bien su cuidado con la criada mientras se encontraba con el amante de turno, y aunque se marchaba sin más, alegre y desenfadada, muy dentro sentía el peso de la culpa y acallaba el sollozo con la ilusión del inminente abrazo.

La lujuria de Emma no tenía límites, y la empujaba a llenarse de objetos inservibles e innecesarios, a gastar dinero en frivolidades y así sentir que su vida era similar a las que leía en sus novelas, quería aparentar riqueza y comodidad, y esto la llevaba a endeudarse a espaldas del marido. Pero también los amantes tenían sus requerimientos y le generaban gastos que no estaba en la capacidad de asumir, entonces desesperada busca una salida, acude al boticario y adquiere arsénico, va a su casa y lo ingiere, y muere luego de una larga agonía.

Hasta aquí lo que contó la historiografía —con base en lo publicado por la prensa del pueblo y lo que declaró el esposo luego de la experticia post mortem—, pero quien esto escribe tiene otra versión de los hechos, pero deberá echar mano de lo conspiranoico (noción inexistente para aquella época), según lo cual Emma fue descubierta por el marido y al enterarse además de la enorme deuda contraída por ella a sus espaldas, decidieron de mutuo acuerdo —luego de la acalorada discusión— darla por muerta: salirse por la tangente, huir para no volver nunca más, no sin antes despachar de este mundo al amante de turno, porque alguien en esta historia debía morir.

rigilo99@gmail.com