Una esencia escondida por Ricardo Gil Otaiza
“Vino color del día, vino color de noche,
vino con pies de púrpura o sangre
de topacio…”
…fragmento de Oda al vino
Pablo Neruda
No todo lo podemos explicar desde la razón, porque a pesar de ser animales racionales, como desde siempre se nos ha dicho, nos movemos por otras cuestiones: instintos, deseos, anhelos, atavismos, hormonas, necesidades, manías, creencias, referentes, tradiciones, o, por simple curiosidad; pero lo que sí está meridianamente claro, es que dentro de nosotros palpitan asuntos a los que no podemos etiquetar, que se escapan de una mera clasificación y se adentran en territorios ominosos y etéreos; son cosas inexplicables y muchas veces absurdas, que nos mueven en determinados momentos a ir a un sitio sin que exista un “algo” que lo sustente, que le confiera seriedad y firmeza, que nos haga defender ante los otros nuestras actuaciones sin el rubor de la estulticia.
Este es uno de esos casos que cae en el vacío y hasta en la estupidez, pero que le produce a nuestro personaje una sensación de tanto gozo y felicidad, que nadie le podría refutar su empeño por seguir haciéndolo, ya que solo él sabe por qué lo hace, qué es lo que siente, cómo percibe esa particular realidad, qué lo lleva a estar cada semana frente a las estanterías de los licores del supermercado de su barrio, siendo como es, un reconocido y consumado abstemio de toda la vida, y este es precisamente el detalle que no nos cuadra de esta historia, porque tiene una fijación por esas estanterías de licores y pocas veces en su vida ha comprado una botella, aunque sea de cerveza, y mucho menos de ron, wiski, vino o espumantes, pero jamás falta a su cita de cada sábado en la tarde y en el negocio ya se han dado cuenta de su periódica presencia en tal área, y, como medida de precaución, ya que pocos lo conocen, optaron por ponerles seguros a cada botella, como si él deseara destaparlas allí mismo y probar de sus contenidos, como si no fueran testigos (desde el espejo ubicado estratégicamente en un rincón), que nuestro personaje observa los estantes desde una distancia prudencial, sin osar siquiera tomar una botella en sus manos, sin percatarse de los precios, sin leer la información de los fabricantes que aparece en la etiqueta al dorso de los botellones.
Nuestro personaje mira con arrobo los estantes y las botellas, se extasía frente al espectro que significa la luz proyectada desde los reflectores sobre las botellas, que da matices multicolores, gradaciones que lo dejan estupefacto: destellos rosados, anaranjados, verdes y azulados; el reflejo especular o punto de luz cuando el haz incide en una botella de vino y arranca de ella la mejor tonalidad del mundo, todo lo cual llega a su cerebro y desencadena en su ser hondas sensaciones de placer y felicidad, que lo llevan a un éxtasis cuasi religioso, y por ello habrán visto algunas veces que cierra los ojos y se queda así durante largos segundos, como asimilando lo que ve, como guardando en su interioridad esas imágenes que trastocan su anodina existencia y lo convierten durante algunos minutos en un hombre dichoso y afortunado, que da gracias al infinito por el momento que vive, que se mueve ingrávido en aquel espacio como el espectador de un gran museo de arte, que se mece suavemente con la música de fondo que le llega desde los altoparlantes, como quien disfruta de una banda sonora en medio de un grandioso concierto de su artista favorito.
En realidad, nuestro personaje es discreto, no hace ostentación alguna de su placer, solo se limita a mirar y a escuchar, a dejarse llevar por la marejada de placer, a sentir todo aquello, a entregarse sin resistencia a la sutil ola que lo empuja a la cima de un nirvana muy particular, es decir, su nirvana privado y único, sabe que nadie más lo siente, que él ha hallado en aquel sencillo espacio un oasis que jamás sospechó poder alcanzar, solo se dejó llevar por las tonalidades que una vez atisbó a lo lejos y a partir de entonces no ha faltado ni un solo sábado a su encuentro, que ya es parte esencial de su vida, que nada le cuesta, que lo transmuta a una entidad que no puede explicar con palabras, mas sí con su mirada perdida en algún recóndito lugar de la inexistencia, donde se atan y desatan los nudos gordianos de la vida de las personas, que la mayoría obvia y descarta como tontería, pero que constituye, en sí mismo, el núcleo metafísico del existir.
Nuestro personaje intuye en cada botella de licor proyectada por el haz luminoso, una personalidad, una esencia escondida, una espiritualidad que va más allá de lo previsible, para internarse en las profundidades del misterio que nos constituye, es decir, cada licor envasado y encendido frente a la luz, es un hálito en sí mismo, y cada melodía de fondo mantiene los sueños allí encerrados en estado de latencia, y aunque no es bebedor comprende aquello de “bebida espirituosa”, porque cada botella guarda en sí un genio, un espíritu, que al abrirse se despierta y hace de su poseedor un poseso de lo allí guardado por años: la botella de vino tinto le entrega la pasión, la energía vital, la fuerza y la alquimia o madurez espiritual, la azul, la melancolía, la dorada, la euforia, la verde la calma y el equilibrio, así como la perfecta conexión con la naturaleza, la blanca le confiere a su poseedor la pureza, la santidad, la claridad y la paz, la rosada: el amor universal, la ternura y la compasión, la violeta, la sabiduría y el misterio; la divinidad que nos llega del Cosmos.
A nuestro personaje nadie lo comprende, solo él entiende sus acciones, a nadie daña ni ofende, y él se transmuta en arquetipo en cada visita, en díscolo ejemplar humano que busca en su interioridad aquello que un mundo en guerra no podrá darle jamás.
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