Mérida, Mayo Miércoles 20, 2026, 08:32 pm
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Emiliano Hernández (1882-1919), a quien me voy a referir en
esta ocasión, fue conocido como el poeta de los adioses. Quienes lo
conocieron y lo trataron personalmente coinciden en que fue un poeta muy extravagante
que vivió para construir una obra galante y delicada; una prosa incisiva,
irónica y certera, además de ejercer el periodismo ágil con esa bohemía que
también lo llevó a dilapidar su talento en su Maracaibo querido. Fue amigo
personal de Jesús Semprum, quien además formó parte del grupo de literatura
“Ariel”.
Emiliano Hernández fue ese zuliano que nació en las
postrimerías del siglo XIX. De este
poeta recuerdan -los que lo conocieron- su forma de ser y de vivir, lo que no
le permitía adaptarse a la sociedad común. A ese bardo zuliano lo va a
caracterizar una particular inquietud por la poesía venezolana; otros
manifiestan que su andar fue doloroso y apasionado, y que en sus versos hay una
sinceridad que va a alejarse del mundo.
Emiliano Hernández, según decían algunos amigos y allegados,
coinciden en “que no era su vida la de esa inclinación, sino que a ella lo
lanzó la desgracia”. Estuvo preso en la cárcel por apoyar a Román Delgado
Chalbaud; pero luego no logró conseguir trabajo, aunque su vocación era la de
un hombre de letras y pensamiento. En las redacciones de los periódicos se
temía acoger su nombre, y ni siquiera se le recibía con agrado. Algunos
trabajos periodísticos que se le encargaban no debían llevar su firma. Este y
muchos otros factores posiblemente hicieron que el poeta se entregara al
alcohol y al abandono.
A los 19 años, ya era un poeta consagrado que oscilaba, como
sus coetáneos, entre el modernismo y el romanticismo, y logró dar un giro
distinto a la creación literaria sobre esos viejos moldes del neorromanticismo
anacrónico. Las polémicas y debates van a tocar hasta lo personal.
Con otros poetas, después de haber sido miembro del grupo Los
Mechudos, fundó el grupo literario modernista “Ariel” (1901-1904), entre los
cuales está Elías Sánchez Rubio, Jesús Semprum, José Antonio Butrón Olivares,
Benito Alberto D’ Erizans, Gustavo Cohen, Rogelio Illarrameny y otros. Poco
después va a nacer el periódico que va a llevar el mismo nombre. El primer
número se publicó el 23 de marzo de 1901, y se editó hasta el número 12, del 8
de junio de ese mismo año, primero dirigido por Emiliano Hernández, y luego pasó
a dirigirlo Benito D’ Erizans, eran jóvenes y muchachos con una poesía
incipiente, y la simiente de “Ariel” les dio proyección literaria en el ámbito
nacional.
Emiliano Hernández se va a Caracas, y comparte con
intelectuales de su tiempo. La andaduría y la nostalgia se van a intensificar
hasta la hora de su muerte, el 7 de enero de 1919, cuando sucumbe en una
habitación de un hospital en condiciones de total pobreza. Su amigo Jesús
Semprum llegó a decir: “la literatura, o al menos lo que él creía literatura,
lo mató.”
Emiliano deja una obra apreciable en poesía, periodismo y
narrativa. En su poema Vera Efigie, pareciera trazar su rumbo:
sandalia de peregrino/puso en mi vida el azar/ de la errante
flor de mar/y del camello beduino.
Cuando su búsqueda le negó la serenidad que debe tener todo
creador para elaborar y revisar su obra, el escritor que no lee termina
repitiéndose con una pobreza expresiva. Este intelectual va a lograr en la
poesía, igual que en el periodismo, excelentes creaciones en las que vamos
leyendo el desasosiego de sus noches, ese nocturno silencio que lo va arropando
en ese derroche de vida.
Cuando la angustia de mi torva calva/ hace de mi sonrisa una
agonía…/(Porcelana) Carne triste que vas sobre la arena/ con el anhelo y el
fastidio eternos…/ (¿ A dónde?)/ Señora: /Fue una tarde. Yo sufría/Un taciturno
amor de lejanía.
En el poeta Emiliano Hernández va a estar presente desde sus
inicios hasta el final de su vida la desdicha, lo malogrado, la melancolía, el
abandono; lo que indica que esa soledad de siempre marcó en su corazón un
sufrimiento incurable. Su poesía es heterogénea, porque va girando con
distintas posturas en su creatividad distintos temas, entre la búsqueda de una
nueva espiritualidad y un canto a los héroes o a los parques; una declaración a
la mujer que amó (su joven esposa, de la que nada se sabe), a su juventud
cortada, a la niña candorosa del hogar, al recuerdo sagrado de la madre fallecida;
y a la vieja ciudad de Maracaibo.
Parte de su obra fue recogida por revistas de importancia
nacional como El Cojo Ilustrado.
A Emiliano Hernández
le tocó duro su trajinar al vivir esos 19 años de aquel entresiglo -lo antiguo
aún sin morir, y lo nuevo aún sin surgir- lleno de persecución y represión,
como el cierre de la Universidad del Zulia, y las dictaduras de Cipriano Castro
y de Juan Vicente Gómez, donde los poetas tenían que andar en la sombra, aunque
fulguraron las generaciones de 1918 y 1928. A pesar de su corta vida, ya había
dejado una obra: Kaleidoscopio (1902);
Visión de tres ciudades (1908), Para mi padre (1910); Vida de
Caracas (1918), Musa Gitana (obra póstuma, 1924); Cartones (Crítica
literaria, 1926), entre otros.
Para 1924 circulaba en Maracaibo “La hora literaria”, revista
fundada y dirigida por Héctor Cuenca, que dedicó un espacio importante al
poeta.