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Por Orlando Oberto Urbina

Crónicas Memorables

Emiliano Hernández Hasset: el poeta de la soledad abrumadora y negra por Orlando Oberto Urbina



Crónicas Memorables

Emiliano Hernández Hasset: el poeta de la soledad abrumadora y negra por Orlando Oberto Urbina

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Emiliano Hernández (1882-1919), a quien me voy a referir en esta ocasión, fue conocido como el poeta de los adioses. Quienes lo conocieron y lo trataron personalmente coinciden en que fue un poeta muy extravagante que vivió para construir una obra galante y delicada; una prosa incisiva, irónica y certera, además de ejercer el periodismo ágil con esa bohemía que también lo llevó a dilapidar su talento en su Maracaibo querido. Fue amigo personal de Jesús Semprum, quien además formó parte del grupo de literatura “Ariel”.

Emiliano Hernández fue ese zuliano que nació en las postrimerías del siglo XIX.  De este poeta recuerdan -los que lo conocieron- su forma de ser y de vivir, lo que no le permitía adaptarse a la sociedad común. A ese bardo zuliano lo va a caracterizar una particular inquietud por la poesía venezolana; otros manifiestan que su andar fue doloroso y apasionado, y que en sus versos hay una sinceridad que va a alejarse del mundo.

Emiliano Hernández, según decían algunos amigos y allegados, coinciden en “que no era su vida la de esa inclinación, sino que a ella lo lanzó la desgracia”. Estuvo preso en la cárcel por apoyar a Román Delgado Chalbaud; pero luego no logró conseguir trabajo, aunque su vocación era la de un hombre de letras y pensamiento. En las redacciones de los periódicos se temía acoger su nombre, y ni siquiera se le recibía con agrado. Algunos trabajos periodísticos que se le encargaban no debían llevar su firma. Este y muchos otros factores posiblemente hicieron que el poeta se entregara al alcohol y al abandono.

A los 19 años, ya era un poeta consagrado que oscilaba, como sus coetáneos, entre el modernismo y el romanticismo, y logró dar un giro distinto a la creación literaria sobre esos viejos moldes del neorromanticismo anacrónico. Las polémicas y debates van a tocar hasta lo personal.

Con otros poetas, después de haber sido miembro del grupo Los Mechudos, fundó el grupo literario modernista “Ariel” (1901-1904), entre los cuales está Elías Sánchez Rubio, Jesús Semprum, José Antonio Butrón Olivares, Benito Alberto D’ Erizans, Gustavo Cohen, Rogelio Illarrameny y otros. Poco después va a nacer el periódico que va a llevar el mismo nombre. El primer número se publicó el 23 de marzo de 1901, y se editó hasta el número 12, del 8 de junio de ese mismo año, primero dirigido por Emiliano Hernández, y luego pasó a dirigirlo Benito D’ Erizans, eran jóvenes y muchachos con una poesía incipiente, y la simiente de “Ariel” les dio proyección literaria en el ámbito nacional.

Emiliano Hernández se va a Caracas, y comparte con intelectuales de su tiempo. La andaduría y la nostalgia se van a intensificar hasta la hora de su muerte, el 7 de enero de 1919, cuando sucumbe en una habitación de un hospital en condiciones de total pobreza. Su amigo Jesús Semprum llegó a decir: “la literatura, o al menos lo que él creía literatura, lo mató.”

Emiliano deja una obra apreciable en poesía, periodismo y narrativa. En su poema Vera Efigie, pareciera trazar su rumbo:

sandalia de peregrino/puso en mi vida el azar/ de la errante flor de mar/y del camello beduino.

Cuando su búsqueda le negó la serenidad que debe tener todo creador para elaborar y revisar su obra, el escritor que no lee termina repitiéndose con una pobreza expresiva. Este intelectual va a lograr en la poesía, igual que en el periodismo, excelentes creaciones en las que vamos leyendo el desasosiego de sus noches, ese nocturno silencio que lo va arropando en ese derroche de vida.

Cuando la angustia de mi torva calva/ hace de mi sonrisa una agonía…/(Porcelana) Carne triste que vas sobre la arena/ con el anhelo y el fastidio eternos…/ (¿ A dónde?)/ Señora: /Fue una tarde. Yo sufría/Un taciturno amor de lejanía.

En el poeta Emiliano Hernández va a estar presente desde sus inicios hasta el final de su vida la desdicha, lo malogrado, la melancolía, el abandono; lo que indica que esa soledad de siempre marcó en su corazón un sufrimiento incurable. Su poesía es heterogénea, porque va girando con distintas posturas en su creatividad distintos temas, entre la búsqueda de una nueva espiritualidad y un canto a los héroes o a los parques; una declaración a la mujer que amó (su joven esposa, de la que nada se sabe), a su juventud cortada, a la niña candorosa del hogar, al recuerdo sagrado de la madre fallecida; y a la vieja ciudad de Maracaibo.

Parte de su obra fue recogida por revistas de importancia nacional como El Cojo Ilustrado.

 A Emiliano Hernández le tocó duro su trajinar al vivir esos 19 años de aquel entresiglo -lo antiguo aún sin morir, y lo nuevo aún sin surgir- lleno de persecución y represión, como el cierre de la Universidad del Zulia, y las dictaduras de Cipriano Castro y de Juan Vicente Gómez, donde los poetas tenían que andar en la sombra, aunque fulguraron las generaciones de 1918 y 1928. A pesar de su corta vida, ya había dejado una obra:  Kaleidoscopio (1902); Visión de tres ciudades (1908), Para mi padre (1910); Vida de Caracas (1918), Musa Gitana (obra póstuma, 1924); Cartones (Crítica literaria, 1926), entre otros.

Para 1924 circulaba en Maracaibo “La hora literaria”, revista fundada y dirigida por Héctor Cuenca, que dedicó un espacio importante al poeta.